
Al caer la tarde en el distrito financiero de Cayma, el eco de mis propios pasos sobre la vereda me genera esa inquietud familiar mientras busco mis llaves en el fondo de la cartera. Es una sensación extraña, ¿no les pasa? Como si el aire de Arequipa, que ya de por sí es seco y frío a esta hora, se volviera un poco más pesado. Salgo del edificio de la oficina, donde paso el día entre hojas de cálculo y cafés a medias, y de pronto me siento como si estuviera caminando sobre la cuerda floja, solo por el hecho de querer llegar a mi paradero.
Durante años, mi estrategia fue simplemente caminar rápido, con la cabeza gacha y los audífonos puestos (aunque a veces sin música, solo para que no me hablaran), tratando de ser invisible. Pero hace unos meses, un martes gris a mediados de junio, me cansé. Me cansé de sentirme una víctima fácil antes de que siquiera pasara nada. Así que, en un impulso de esos que te dan después de una jornada larga, me inscribí en un taller de defensa personal para principiantes. No quiero ser cinturón negro ni nada por el estilo, solo quiero caminar por la Avenida Ejército sin sentir que el corazón se me va a salir por la boca si alguien camina un poco más rápido detrás de mí.
La realidad de las manos y los bolsillos
En el taller hay una chica que es mil veces más torpe que yo (si es que eso es posible, porque el otro día casi me tropiezo con mi propia sombra al intentar un giro), y verla me quita un poco de presión. El instructor, que tiene una paciencia que ya quisiera yo para mis jefes, siempre nos repite lo mismo: la seguridad empieza mucho antes de que alguien te toque. Y aquí va lo que me voló la cabeza: evitar el celular no es suficiente. En Arequipa, con ese viento que te congela las orejas, lo primero que hacemos al salir de la oficina es meter las manos en los bolsillos del abrigo o de la casaca. Es casi un reflejo.
Pero resulta que ese es el primer error que cometemos todas. El instructor nos explicó que, si tienes las manos atrapadas en los bolsillos, tu tiempo de reacción es nulo. Si te tropiezas o si alguien te empuja, no tienes cómo equilibrarte, y mucho menos cómo protegerte el rostro. Mantener las manos libres, fuera de los bolsillos y sin estar aferradas al teléfono, es clave. Ahora, aunque se me congelen los dedos por la altitud —que ya sabemos que aquí estamos a unos 2335 metros sobre el nivel del mar y el frío no perdona—, prefiero llevar guantes a llevar las manos 'escondidas'. Es un cambio pequeño, pero cuando cruzo la puerta de la oficina, siento que mis brazos ya no son solo peso muerto, sino herramientas listas.

El nudo en la garganta y el famoso 'NO'
Después de tres semanas en el taller, todavía tengo un problema serio con mi voz. Me pasa que, cuando el instructor nos pide gritar '¡NO!' con todas nuestras fuerzas para que se escuche en todo el salón, me quedo en blanco. Siento ese nudo en la garganta y la sequedad repentina en la boca, y lo único que sale es un susurro que no asustaría ni a una paloma de la Plaza de Armas. Es increíble cómo nos han enseñado a ser calladitas y educadas, incluso cuando estamos en peligro.
He estado practicando en casa, cuando no hay nadie, pero todavía me cuesta. A veces me pongo a pensar en qué hacer cuando te quedas en blanco ante una situación de tensión, porque en la teoría todo parece fácil, pero cuando el aire frío de la noche arequipeña golpea mi rostro al salir de la oficina y el olor a humo de los carros inunda la avenida, mi cerebro a veces decide que es mejor hacerse chiquita. Sin embargo, el taller me ha enseñado que esa 'conciencia situacional' es más importante que saber tirar un golpe. Se trata de observar, de no estar en piloto automático.
Mitos que casi me cuestan un tendón
¿Ustedes también escucharon eso de ponerse las llaves entre los dedos, como si fueran garras? Yo lo hacía siempre. Me sentía muy empoderada con mi llavero de llama sobresaliendo entre mis nudillos. Pues resulta que es un mito peligrosísimo. El instructor nos mostró que, si llegas a golpear algo con las llaves así, lo más probable es que te lesiones seriamente los tendones de tu propia mano antes de hacerle daño a nadie más. Esas son las cosas que una no sabe hasta que se mete a estas clases.
En lugar de eso, he aprendido a tener mi plan de escape claro. Sé que si algo pasa, el número de la Central de Emergencias de la Policía Nacional del Perú es el 105. Parece obvio, pero ¿cuántas de nosotros lo tenemos en marcación rápida o realmente lo recordamos en un momento de pánico? Arequipa es grande, conformada por 14 distritos en su área metropolitana, y aunque algunas zonas parezcan más seguras que otras, la prevención no distingue barrios. Ya sea que salgas de un edificio moderno en Yanahuara o de una casona en el Centro Histórico, las reglas son las mismas.

Lluvia, taxis y el bendito gas pimienta
Durante las tardes lluviosas de inicios de octubre, salir de la oficina es un caos total. El tráfico se vuelve loco, los charcos son trampas mortales para mis zapatos y la visibilidad baja un montón. Es en esos momentos cuando más alerta hay que estar. Por cierto, yo no tengo formación médica ni soy experta en seguridad ciudadana —soy solo una administrativa que se cansa de las fotocopiadoras—, así que siempre digo que lo mejor es consultar con profesionales si quieres comprar equipo de protección.
Por ejemplo, descubrí que el uso de gas pimienta en Perú está permitido, pero tiene sus reglas. El envase no debe superar los 60 gramos. Yo me compré uno chiquito, pero al principio no sabía ni cómo agarrarlo sin rociarme a mí misma (sí, así de distraída soy). Ahora lo llevo en un lugar accesible, no enterrado bajo tres agendas y el táper del almuerzo. Pero ojo, el instructor siempre dice que el gas es para ganar segundos y correr, no para quedarse a discutir. La idea es siempre llegar a casa sana y salva, no ganar una pelea.
A veces, cuando comento estas cosas en la oficina, alguna compañera me mira raro, como si fuera una exagerada. Pero luego me cuentan sus propias historias de sustos al esperar el bus y me doy cuenta de que todas compartimos ese mismo miedo silencioso. Hace poco escribí sobre algunos consejos de seguridad para mujeres que salen tarde de la oficina caminando, basándome en lo que hablábamos en el cafetín, y me sorprendió ver cuántas aplicamos tácticas parecidas sin decírnoslo.

La confianza se construye de a pocos
Hace apenas unos días al salir del trabajo, me di cuenta de que algo había cambiado. No es que ahora sea una superheroína, sigo siendo la misma Paola que se olvida dónde dejó los lentes, pero caminé por la vereda con una postura distinta. Mi espalda estaba más derecha, mis manos estaban fuera de los bolsillos (aunque hacía un frío de locos) y mis ojos iban escaneando el entorno de forma natural, sin parecer paranoica. Es como si mi stance, mi forma de pararme, finalmente significara algo.
Sigo yendo a las clases de los sábados, pifiando los ejercicios de vez en cuando y riéndome con mi compañera la clumsy cuando ambas nos enredamos con los pies. El camino es largo y mi voz todavía tiembla un poquito cuando intento proyectarla, pero ya no me siento como un blanco móvil. Si estás pensando en inscribirte en algo así, hazlo. No por el cinturón, sino por esa sensación de que, si algo pasa, tienes al menos un plan. Como cuento en mi relato sobre caminar sin miedo y mi transición a la defensa personal real, la mayor victoria no es saber pelear, sino recuperar tu derecho a caminar por tu ciudad sin que el miedo sea el que dicte tus pasos.
Al final del día, Arequipa sigue siendo hermosa, con su sillar brillando bajo la luna, y yo solo quiero disfrutarla. Así que, manos fuera de los bolsillos, cabeza arriba y siempre atentas. Nos vemos en la próxima clase, o quizás cruzando alguna calle de nuestra querida ciudad blanca, caminando con la frente en alto y un plan bajo el brazo.