
Alguien mira a diez personas que caminan por la misma cuadra y elige acercarse justo a una de ellas. Esta es la pregunta que más vueltas me ha dado desde que empecé con las clases de autodefensa para principiantes, y yo tenía clarísima la respuesta equivocada: pensaba que tenía que ver con verse fuerte, con parecer alguien capaz de defenderse a golpes si hacía falta. El lenguaje corporal pesa mucho más de lo que yo creía, pero no de la forma en que la mayoría se imagina, y ahí la seguridad personal y la prevención del delito dejan de ser palabras de manual para volverse algo bien concreto.
El mito de tener que parecer temible
Casi todas las que empezamos en esto llegamos con la misma idea metida en la cabeza: que para que no te molesten hay que caminar como si estuvieras a punto de repartir golpes, con la cara dura y los hombros cuadrados. En mi grupo de principiantes está Damaris, que entró convencida de que se había apuntado por error a algo parecido al pilates, y cada vez que el instructor la usa de ejemplo para corregir una postura se pone completamente roja, aunque después jura que no le importa. Viéndola equivocarse en voz alta aprendí algo que a mí me costó aceptar: la cara de pocos amigos no cambia nada, casi siempre delata más nervios de los que en verdad sentimos.

Lo que tu lenguaje corporal dice cuando caminas sola
Lo que sí parece importar, según lo que voy notando clase tras clase, es qué tan presente te ves y no qué tan temible. Caminar con el celular pegado a la cara o con la mirada clavada en la vereda comunica lo mismo sin importar si por dentro te sientes fuerte o asustada: dice que no estás prestando atención a lo que pasa alrededor. Esa sensación de no saber ni pararme bien frente al instructor viene de bien atrás, de las primeras clases torponas que cuento con más vergüenza ajena en el día que decidí dejar de ser un blanco fácil y lo difícil que fue gritar 'no', porque resulta que la voz firme y el cuerpo firme van más de la mano de lo que yo pensaba.
Tampoco se trata de pelear o no pelear, que es otra conversación por completo, sobre qué hacer cuando ya no queda más opción que reaccionar en lugar de simplemente alejarse. Lo que a mí me sirve pensar es más simple que todo eso: mi cuerpo puede avisar que estoy ahí, alerta, sin que eso signifique que ando buscando problemas.
La calle Mercaderes me lo confirmó, aunque tarde
Una tarde cualquiera bajando por la calle Mercaderes, con esa bulla de tiendas y gente cargando bolsas que hay siempre por esa cuadra, caí en cuenta de que llevaba un buen rato caminando sin la cartera pegada al pecho, sin encoger los hombros, sin ir revisando la vereda a cada paso.
La confirmación real llegó después, ya de noche, subida en un colectivo camino a casa: fue mirando mi propio reflejo cansado en la ventana cuando noté que tenía los hombros completamente sueltos, sin ese peso de siempre entre el cuello y la espalda, quizás por primera vez que yo recuerde.
Antes de llegar a eso probé de todo un poco, la verdad, incluyendo comprar un silbato de emergencia que llevaba en la cartera sin saber, honestamente, si de verdad iba a servir de algo si alguna vez lo necesitaba. Se quedó ahí, en el fondo de un bolsillo, más como amuleto que como plan real. Lo que terminó cambiando algo no fue ese silbato, sino aprender a leer mi propio cuerpo y el de la gente alrededor sin necesitar un objeto de por medio.

Guardar el silbato y aprender a caminar distinto
Con Lizbeth, mi compañera de oficina, hablamos de esto más de lo que cualquiera de las dos admitiría en una reunión de trabajo. Ella llega puntual a todo, incluso a cosas que ni tienen hora fija, y un día me dijo entre broma y broma que ahora camino 'como si por fin tuviera algún lugar a donde ir'. Ese comentario se me quedó grabado: no se trataba de verme peligrosa, sino de verme como alguien con destino claro, sin dudar del propio paso, algo que tiene mucho que ver con aprender a estar de verdad presente en la calle sin quedarte paralizada por el miedo, tema que desarrollo con más calma en lo que de verdad me dio más calma al caminar sola de noche tras años de miedo.
Hay temas que prefiero no mezclar aquí porque cada uno da para su propio espacio: cómo pulir cada gesto para transmitir seguridad es un asunto completo aparte, lo del cuerpo que de pronto se congela sin que una se lo pida es otro (a mí también me ha pasado más de una vez), y poner un límite físico claro cuando alguien invade tu espacio sin permiso es todavía otro distinto, aunque los tres se cruzan todo el tiempo con esto del lenguaje corporal.

Las manos también dicen lo suyo. Antes las llevaba metidas en los bolsillos casi todo el tiempo por el frío de Arequipa, y ahora trato de dejarlas sueltas, aunque se me congelen un poco los dedos en el camino. No es una lista de instrucciones ni una fórmula exacta, es solo un detalle que a mí me hace sentir más dueña de mi propio espacio.
La regla que sí me sirve
Al final la comunicación no verbal dice más de una persona que cualquier frase que se le ocurra decir, y esa es toda la teoría que necesito para explicar por qué cambié la forma de caminar. Si me preguntas qué hacer distinto, no es aprender a fruncir el ceño ni a caminar como si fueras a repartir golpes: es salir del piloto automático, la cabeza a la altura normal, sin el celular pegado a la cara, notando quién anda cerca sin necesidad de mirar fijo a nadie.
Eso ya cambia cómo te perciben, mucho antes de que hayas dicho o hecho absolutamente nada, y no necesita ni cinturones de colores ni cara de brava para funcionar.