
Ocho pasos es lo que tardo ahora en cruzar el puente Grau, desde que se acaba la vereda con luz hasta el otro lado. Antes de meterme en esto de la autodefensa femenina, los contaba de a uno, con el corazón atragantado. La seguridad urbana no me llegó de ningún cuaderno, sino de puro cansancio de sentirme un blanco fácil.
Antes de seguir, una cosa clara: en este texto vas a encontrar enlaces a un curso que probé por mi cuenta, y si compras algo a través de ellos me llega una comisión, sin que a ti se te mueva el precio ni un centavo. No soy instructora ni tengo ningún certificado colgado en la pared: solo soy alguien que se cansó de caminar con miedo y decidió hacer algo al respecto, así que si algo no me sirvió, te lo voy a decir igual.
Probé de todo antes de anotarme a cualquier clase. Tomé un curso de yoga pensado para bajar el estrés, con toda la buena intención de soltar el cuerpo, y seguía saliendo a la calle con los hombros pegados a las orejas igual que siempre. Ahí entendí que respirar bonito sentada en una esterilla no es lo mismo que sentir que alguien camina demasiado cerca en la vida real.
Me cansé antes de mejorar, así que una tarde cualquiera me inscribí a unas clases presenciales, medio por impulso, sin decirle a nadie por si no aguantaba ni la primera sesión.
Lo que me costaba pedir refuerzos
La vergüenza pesaba más que el cansancio físico. Entre el trabajo y que soy bastante introvertida, pedir ayuda para algo tan simple como caminar tranquila se sentía como admitir una debilidad enorme. El instructor tiene una paciencia que no sé de dónde saca, y cada clase me pide que grite "no" con todo el pecho, a mí me sale apenas un hilo de voz, como si estuviera pidiendo permiso para pasar. Ese quedarme muda un segundo de más se parece al bloqueo que se siente cuando el cuerpo entero se congela ante el peligro, un tema que trato con más calma en otro texto; aquí solo diré que a mí todavía me agarra desprevenida cada sábado.
Tengo una vecina que hace zumba en el parque los martes, y la veo pasar tan suelta que hasta me da un poco de envidia sana, como si el mundo de afuera no le debiera explicaciones a nadie. A mí, en cambio, después de mi cuarta clase de sábado me di cuenta de que necesitaba algo que pudiera masticar a mi propio ritmo, sin que todo el salón me mirara mientras intentaba coordinar pies y manos. Fue ahí cuando encontré el curso 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros, casi por casualidad, buscando algo para ver en una de esas noches en que no podía dormir.
La psicología de supervivencia que aprendí a mirar de frente
Lo abrí en el celular una noche cualquiera, esperando el típico "pega aquí, patea allá", y no era eso para nada. Lo que me enganchó fue que no prometía convertirme en experta en artes marciales, yo no quiero ninguna medalla, quiero llegar a mi casa y ver mi serie tranquila. Vi que tenía una calificación de usuarios de 4.5, lo cual me dio algo de calma porque, seamos honestas, en internet abunda el humo. Empezar sin saber absolutamente nada, sintiéndome la más torpe de cualquier salón, es algo que cuento con más detalle en otro texto; aquí basta decir que el curso no me hizo sentir menos principiante, solo menos perdida. Empecé las lecciones y entendí que la prevención de asaltos no arranca cuando alguien ya te tiene del brazo, sino mucho antes, en cómo caminas y en cómo miras.

Hay partes del curso que tocan la respiración y esa visión que se estrecha cuando el miedo aprieta, temas que ya desarrollé mejor en otro artículo sobre calmarse al caminar sola de noche; aquí solo diré que aprender a respirar distinto cambió cómo se me acelera el pulso cuando cruzo el puente Grau ya entrada la noche.
Poner límites sin pedir disculpas
Aprender a leer mi propio lenguaje corporal fue otro tema que me costó tomarme en serio, algo que explico mejor en unos consejos sobre la importancia del lenguaje corporal que escribí después; aquí solo diré que cambiar la postura de "víctima" por una de "persona que sabe a dónde va" no fue automático, fue trabajo de semanas. Lo que sí puedo contarte con más detalle es lo de los límites físicos, porque ahí sí sentí un cambio real: he tenido que aprender a poner límites físicos sin sentir vergüenza, algo que a las mujeres nos enseñan a evitar desde chicas por eso de ser siempre amables.
Para la séptima semana de clases pasó algo que no esperaba: en un ejercicio de agarre alguien me empujó sin avisar, y en vez de decir "perdón" por reflejo como hago siempre, no dije nada, solo acomodé los pies y seguí, como si mi cuerpo hubiera decidido solo que ahí no había nada que disculpar. Fue una cosa mínima, casi tonta vista desde afuera, pero a mí se me quedó grabada toda la semana.
Las caras que ya reconozco los sábados
En mi clase hay una compañera que es todavía más despistada que yo, siempre se enreda con la correa de su propio bolso justo cuando el instructor explica cómo zafarse de un agarre de muñeca, y las dos terminamos riéndonos aunque se supone que es un ejercicio serio. Antes de que arranque el calentamiento me siento en una de esas sillas de plástico que están heladas a esa hora, y ese frío repentino en la espalda se volvió, sin que lo planeara, la señal de que ya empieza lo mío de los sábados.
Lo curioso es que mi compañera ya dejó de caminar mirando el celular, que es uno de los errores comunes de seguridad al salir del trabajo que cometemos casi todas sin darnos cuenta. Si nunca hiciste nada de esto y no sabes por dónde empezar, a mí me tocó leer sobre cómo empezar a entrenar autodefensa desde cero, y ayuda más de lo que pensaba: no hace falta fuerza, hace falta ganas de dejar de tener miedo.
Lo que repaso antes de ir a un lugar que no conozco
Puedo repasar el curso cuando quiera, sin que nadie me esté cronometrando, y eso es lo que más agradezco. Antes de ir a una zona que no conozco bien, repaso mentalmente lo que aprendí en 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros, no como un ritual mágico, sino como quien repasa una lista antes de salir de viaje. Es más un recordatorio para mi cabeza: saca las manos de los bolsillos, levanta la barbilla, no te pegues tanto a las esquinas oscuras cerca del puente Grau.
Si alguna vez te preguntas qué hacer cuando las cosas se ponen feas de verdad, ayuda tener claro de antemano qué hacer ante un posible asalto si no sabes pelear, que es mi caso todos los días. La regla que más se me quedó, tanto del curso como de la clase presencial, es simple: tu vida vale más que cualquier celular. Si alguien te lo pide, dáselo, pero de una forma que te deje las piernas libres para salir corriendo, no se lo entregues directo a la mano para que además te agarre a ti.

Para quien todavía se queda en blanco
No te castigues si al principio te quedas muda. A mí me sigue pasando casi todos los sábados: el instructor dice "¡grita!" y se me cierra la garganta igual que el primer día. He probado algunos ejercicios para superar el miedo a gritar en mi casa, aunque sospecho que mi vecino ya piensa que hablo sola. Lo único que cambió de verdad es que ya no me da tanta vergüenza que me vean intentarlo, y eso, con el tiempo, también cuenta como avance.
Si me preguntas qué aprendí después de todos estos sábados, no fue ninguna técnica de pelea: fue que mi cuerpo puede ocupar espacio sin pedir perdón por eso, y que esa sola idea cambia cómo cruzo el puente Grau cada noche. No soy ninguna experta en seguridad, solo soy Paola, la de la oficina, contando lo que le sirvió a ella, y si a ti te sirve la mitad de lo que a mí, ya valió la pena escribir esto.
Dale una mirada a este curso de 21 secretos si sientes que también quieres dejar de sentirte un blanco fácil: es directo, sin relleno, y pensado para quien empieza de cero, no para quien ya sabe pelear.
Yo no soy profesional de la salud ni de la seguridad pública, así que si sientes que estás en una situación de riesgo grave, siempre busca ayuda profesional o a las autoridades de tu zona. Pero para el día a día, para el tramo del puente Grau o cualquier otro que te toque cruzar sola, estas cosas sí que ayudan.
Nos vemos el próximo sábado en clase, o cruzando alguna plaza con la cabeza en alto.