Defensa desde Cero

Cómo empezar a entrenar autodefensa si nunca has hecho artes marciales

autodefensa femenina para principiantes sin experiencia: primera clase de seguridad personal en un gimnasio de Arequipa

Un golpe seco contra la almohadilla de foam no suena igual cuando sale de un puño relajado que cuando sale de uno apretado de miedo. El primero retumba, el segundo casi rebota. Esa diferencia, mínima al oído, resume bastante bien lo que aprendí entre las clases de autodefensa femenina para principiantes sin experiencia y los años que pasé simplemente evitando calles oscuras en Arequipa: no se trata de pegar más fuerte, se trata de llegar relajada al momento en que hace falta reaccionar. La prevención callejera y la seguridad personal, descubrí, son dos cosas distintas que muchas veces confundimos.

Antes de seguir: este texto incluye enlaces de afiliado a un curso que sí he usado, y si te animas a comprarlo a través de ellos, yo recibo una comisión sin que a ti te cueste nada extra. Lo que no he probado, te lo digo directo, sin adornarlo.

Dos maneras de lidiar con el miedo a la calle

Durante años mi única táctica fue cambiar de ruta para esquivar las calles menos iluminadas, aunque eso me hiciera llegar tarde casi siempre, a la oficina, a cenas, a donde fuera. Funcionaba a medias: evitaba la calle en cuestión, pero no el nudo en el estómago, que se mudaba conmigo a la ruta nueva. A 2335 metros sobre el nivel del mar, además, la ruta larga significa subir más cuestas sin aliento, así que ni siquiera era una solución cómoda.

La otra táctica llegó después, casi por accidente, cuando una conocida compartió en redes la publicación de un grupo de iniciación en autodefensa que daba un ex policía retirado, Marcial Bedoya, en un centro comunitario del barrio. No me inscribí buscando técnica ni cinturones. De hecho, todavía no sabría explicar bien qué esperaba encontrar. Marcial no pierde la paciencia ni cuando el grupo entero se la prueba al mismo tiempo, algo que agradezco cada sábado que alguien —incluida yo— confunde izquierda con derecha a media clase. Tina Huamaní, que lleva más tiempo que yo en el grupo, fue quien me indicó dónde dejar el bolso el primer día, y desde entonces me guarda el sitio sin que se lo pida; nunca ha contado por qué empezó a venir, y yo tampoco he preguntado.

Evitar la calle o apostar por la prevención callejera

Evitar una calle no es lo mismo que saber leerla. La primera vez que alguien mencionó la conciencia situacional en el grupo pensé que sonaba a jerga de manual, pero es, en el fondo, prestar atención a lo que te rodea sin quedarte atrapada ahí — un tema que desarrollo con más calma en otra entrada sobre caminar sola de noche. Bajar las revoluciones del cuerpo antes de que el miedo tome el control es un asunto aparte, y también le dedico espacio propio ahí mismo. Llegar sin ninguna experiencia previa a este tipo de grupo cambia cómo se vive cada ejercicio, algo que cuento con más detalle en la entrada sobre mi primera clase.

manos de principiante envolviendo vendas antes de una clase de autodefensa femenina y prevención callejera

Cuando el cuerpo dice 'no' pero la voz no sale

Uno de los ejercicios que más me costó no fue físico: pararme firme y gritar '¡No!' con toda la fuerza de los pulmones frente al grupo. Cómo poner límites físicos sin sentir vergüenza en lugares públicos es un tema que merece su propio espacio, así que no me voy a extender aquí — solo digo que la primera vez me salió un hilo de voz que me dio vergüenza ajena de mí misma. Marcial no me hizo sentir mal por eso; me explicó que ese bloqueo tiene nombre, y ahondar en el bloqueo mental ante una situación de peligro es otra conversación que dejo para otro momento. Lo que sí puedo decir es que usar la voz como primera línea de defensa cambia la ecuación completa, antes incluso de que las manos entren en juego.

Sumar estrategia a la reacción

Entre semana, cuando no tenía clase presencial, empecé a buscar algo que complementara lo del sábado sin exigir tatami ni testigos. Así llegué a 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros, un curso digital que no pide condición atlética y que tiene una calificación de 4.5 entre quienes ya lo tomaron. Lo que más rescato es que se enfoca en estrategia antes que en técnica: la importancia del lenguaje corporal para evitar ser un blanco resultó más útil en mi rutina diaria que cualquier golpe que practiqué contra la almohadilla. La confianza que transmite la postura al caminar, incluso solo para comprar pan, es otro tema que trato con calma en una entrada sobre autodefensa en la rutina de oficina. Y priorizar escapar por sobre confrontar, cuando esa opción existe, es la lección de fondo detrás de casi todo esto — algo que desarrollo del todo en un texto aparte sobre qué hacer ante un posible asalto si no sabes pelear.

Adaptar el plan, no solo el cuerpo

Otra comparación se me apareció de casualidad, buscando más sobre el tema: casi todo lo que enseñan estos grupos asume que estás de pie y que el equilibrio depende de dos piernas. Nunca lo había cuestionado hasta leer sobre autodefensa para personas que usan silla de ruedas, donde la estabilidad viene del asiento y la silla misma se convierte en un punto de apoyo sólido en lugar de un obstáculo. Me pareció una lección de humildad: la estrategia que funciona para mí no es la única válida, y la autodefensa, más que un set fijo de movimientos, termina siendo adaptar lo que tienes a la situación que tienes enfrente.

Lo que sí ayuda y lo que no basta

Cambiar de ruta todavía tiene su lugar — hay calles que de verdad conviene evitar, sin necesidad de demostrar nada — pero como estrategia única se queda corta, porque no enseña qué hacer si el peligro aparece de todos modos, en cualquier ruta que elijas. Lo noté hace poco, cruzando una esquina cualquiera del centro: en vez de bajar la mirada como hacía antes, la mantuve al frente, fija en la persona que se acercaba, sin desviar los ojos ni un segundo, y seguí caminando con el mismo paso de siempre. No fue un golpe de valentía ni una revelación repentina, fue simplemente lo que el cuerpo ya sabía hacer. Ahora, cuando cruzo el Parque Selva Alegre de vuelta a casa, ya no calculo la ruta más larga por costumbre — calculo qué tan presente estoy, y eso cambia más que cualquier desvío.

Si tu día a día tiene calles que de plano conviene evitar, evítalas — eso sigue siendo sentido común y no tiene nada de malo. Pero si lo que buscas es dejar de depender solo de la ruta, la combinación de un grupo presencial con algo para estudiar por cuenta propia es la que a mí mejor me funcionó; ahí es donde vuelve a entrar mi experiencia con los secretos para vencer a agresores callejeros, que uso como complemento entre semana y no como sustituto de la clase del sábado. No soy instructora ni profesional de la salud, así que ante cualquier condición física consulta con alguien calificado antes de entrenar fuerte. El nudo en el estómago sigue apareciendo de vez en cuando, y ya no intento que desaparezca del todo — solo aprendí a que no sea él quien decide por dónde camino.

Artículos relacionados