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Cómo evitar distracciones con el celular al caminar sola de noche

Cómo evitar distracciones con el celular al caminar sola de noche: conciencia situacional y seguridad urbana para mujeres

Conté catorce veces en menos de diez cuadras: la mano yéndose sola al bolsillo trasero buscando el celular, sin que hubiera vibrado ni una sola vez. Hice ese conteo medio en broma una tarde cualquiera, volviendo de la oficina, y fue lo que me hizo caer en cuenta de que el problema no estaba en la calle oscura ni en el barrio que me tocaba cruzar, sino en el hueco que se me abre en la cabeza cada vez que agarro el aparato nada más "para ver la hora".

La respuesta corta, la que las clases de defensa personal para mujeres de los sábados me han ido metiendo en la cabeza con el tiempo, es que guardar el celular gana casi siempre a cualquier otro truco de seguridad urbana que se me haya ocurrido probar. Pero "casi siempre" no es "siempre", y ahí vale la pena poner una cosa al lado de la otra: un objeto que se supone te protege, contra un hábito de conciencia situacional que no cuesta nada pero exige mucha más disciplina de la que yo tenía al principio.

Un silbato en el bolsillo y una duda que no se iba

Antes de anotarme a ninguna clase hice lo que hace cualquiera que busca una solución rápida: compré un silbato de emergencia y lo colgué del cierre de la cartera. La idea era simple, si algo pasaba, soplaba fuerte y alguien iba a voltear a ver. Nunca lo probé de verdad, ni de broma en la sala de mi casa, así que en el fondo cargaba con una duda constante: ¿serviría si de verdad hiciera falta, o se quedaría mudo mientras yo forcejeaba con los dedos temblando tratando de encontrarlo en el fondo de la cartera?

Con las semanas noté que el silbato no resolvía lo que de verdad me ponía en riesgo esas noches: caminar sin registrar nada de lo que pasaba alrededor porque tenía la cara pegada a la pantalla. Un objeto guardado en el fondo del bolso no compensa los segundos que se van mientras leo notificaciones. Ese quedarse en blanco justo cuando hace falta reaccionar, del que tanto se habla en clase, tiene más que ver con la costumbre de caminar distraída que con no tener a mano el objeto correcto.

Ejercicio de clase para practicar la atención al entorno y reducir las distracciones del celular al caminar

El problema no es la calle sino las distracciones del celular

Es fácil culpar a la esquina oscura o al barrio que uno no conoce, pero la verdad, sábado tras sábado de clase, es que la pantalla apaga más sentidos de los que cualquier calle mal iluminada podría quitarme. Cuando bajo la cabeza para leer un mensaje dejo de notar quién viene detrás, dejo de sentir el ritmo de mis propios pasos, dejo de escuchar si alguien acelera para alcanzarme.

El instructor lo advirtió desde la primera clase: nunca camines revisando el mapa con las dos manos ocupadas, porque pierdes el equilibrio y la vista al mismo tiempo. Aun así seguí haciéndolo semanas después, desbloqueando el celular "solo para confirmar la hora" justo al llegar a la entrada del Parque Selva Alegre, como si esa esquina en particular no contara para nada.

Guardar el celular sin perder el rumbo

Mi instructor me corrigió una idea que yo traía metida en la cabeza: pensaba que el celular tenía que quedar enterrado en el fondo de la cartera, apagado, invisible. Él me hizo ver que el aparato, usado con cabeza, también puede ayudar. Si siento que alguien camina demasiado cerca y no quiero girar el cuello de forma obvia, saco el celular un segundo, no para revisar nada, sino para usar la pantalla apagada como un espejo rápido, y lo vuelvo a guardar enseguida.

La diferencia entre las dos cosas está en la intención con la que lo saco. Si lo agarro para mirar hacia atrás dos segundos y lo devuelvo al bolsillo, sigo caminando con la cabeza afuera, atenta a la vereda que bordea el Parque Selva Alegre y a quién cruza la calle. Si lo agarro para leer un mensaje o revisar redes, la cabeza se me va entera adentro de la pantalla, y ahí sí quedo expuesta. Con eso me quedo: celular en la mano un segundo y vuelta al bolsillo, sirve; celular abierto mientras camino, no.

La voz que no sale, el paso que sí cambia

En clase todavía me pongo roja cuando toca practicar los simulacros de voz. El otro día el instructor puso de ejemplo, sin querer, a Damaris, una compañera de mi grupo de principiantes, y a ella se le subieron los colores hasta las orejas mientras trataba de gritar "¡no!" lo bastante fuerte para que se escuchara al fondo del salón. A mí, cuando me tocó, la voz se me quebró en un susurro casi inaudible, y ahí entendí que ese bloqueo tiene menos que ver con el miedo de verdad y más con la costumbre de quedarnos calladas.

Lo que sí cambió, y esto lo noto sobre todo caminando de noche, es cómo sostengo la mirada. Hay un momento muy concreto que recuerdo bien: iba por una vereda cualquiera, alguien venía de frente, y en vez de bajar los ojos al piso como hacía siempre, los mantuve fijos hacia adelante, sin desviarlos, como diciendo sin hablar "ya te vi, sigue tu camino". No hace falta gritar nada para eso. Si te da pánico como a mí lo de alzar la voz en clase, escribí un poco más sobre por qué gritar 'no' fue lo más difícil de todo lo que llevo aprendido hasta ahora.

Celular guardado boca abajo junto a las llaves, el hábito que ayuda a evitar distracciones al caminar sola de noche

Elegir la ruta antes de salir de la oficina

Lizbeth, mi compañera de oficina, llega puntual hasta cuando no hace ninguna falta, y esa tarde ya estaba lista en la puerta cuando yo todavía andaba con el celular en la mano tratando de ubicar la dirección en el mapa. Me preguntó por qué no la guardaba antes de salir del edificio, y la verdad no tuve una buena respuesta. Terminé memorizando la ruta ahí mismo, parada frente al ascensor, en vez de ir revisándola cada dos cuadras como acostumbraba.

Esa noche caminé sin sacar el mapa ni una sola vez. Iba atenta, cruzando la mirada con la gente que pasaba, brevemente y sin retar a nadie, solo para que supieran que los había visto. Un grupo venía haciendo bulla y doblando la esquina un poco rápido, y como no estaba mirando el teléfono los noté con bastante antelación, lo suficiente para cruzar la vereda con calma antes de que nuestros caminos se cruzaran. No fue nada dramático, ni hubo ningún encuentro, solo mi cabeza funcionando a tiempo porque no estaba ocupada en otra cosa.

Nada de esto me convirtió en una experta ni me quitó los nervios del todo, y sigo tropezándome con los cables de la impresora en la oficina como el primer día. Elegir con calma la ruta antes de salir, en vez de ir armándola a medio camino con el celular en la mano, terminó siendo la comparación más clara que puedo ofrecer: lo planeado afuera de la cabeza gana casi siempre a lo improvisado con la pantalla prendida. Sobre eso, y sobre otras pequeñeces que cambian más de lo que parecen, escribí también algo acerca de cómo reducir la vulnerabilidad urbana al caminar sola de regreso a casa.

Sigo sin ser ninguna agente secreta ni tengo formación médica o de seguridad profesional, así que si alguna vez sientes que estás en una situación de riesgo constante, lo mejor es hablar con profesionales de verdad o con las autoridades de tu zona. Lo único que puedo ofrecer es esta comparación hecha con lo que tengo a mano: entre un objeto guardado en el fondo del bolso y un hábito de mirar hacia afuera, a mí el segundo me ha dado mucho más resultado, aunque cueste más sostenerlo cada noche.

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