Defensa desde Cero

Qué hacer cuando te quedas en blanco ante una situación de tensión

Qué hacer cuando te quedas en blanco: escena de clase de autodefensa para principiantes y gestión del miedo

—¡Ahora, Paola, grita NO! —dice el instructor desde el otro lado de la colchoneta, y yo ya tengo la boca abierta, el aire juntado, todo listo menos la voz. Un nudo justo en la base de la lengua, las palmas de las manos frías, mis compañeros esperando con esa cara amable que a veces duele más que una burla. Esto pasa en mi clase de autodefensa para principiantes, con gente que me cae bien y un instructor de paciencia infinita, o sea, en el sitio más seguro del mundo para equivocarme. Y aun así me quedé en blanco, como una computadora vieja que se cuelga justo cuando le pides lo único importante.

Tengo dos escenas de quedarme en blanco, la de la colchoneta y la de la calle, y en cada una probé dos maneras de responder. Adelanto el veredicto para que no te quedes esperando: cuando la cabeza se apaga me sirve más tener una sola cosa pequeña decidida de antemano que un repertorio entero, y me sirve más soltar el aire que tomarlo a bocanadas. Lo demás es un diario de gestión del miedo escrito por una oficinista que se acercó a la seguridad personal femenina por el lado más torpe.

Congelarse en la colchoneta es lo mismo que en la avenida Ejército

El cuerpo dice que sí. El nudo en la lengua, el frío en las manos y la mente en cero son idénticos en las dos escenas. Por ahí leí que la amígdala cerebral da la alarma antes de que yo pueda opinar, y con eso me basta: no es cobardía, y me lo repito cada vez que me castigo por haberme quedado muda.

Lo que cambia es el precio de equivocarse. En clase sé que viene la orden, sé que nadie me va a hacer daño y puedo repetir el ejercicio hasta que salga. Damaris, del grupo de principiantes, deja su botella de agua del tamaño de un termo industrial en el borde de la colchoneta y me hace una mueca cómplice que quiere decir «aquí no pasó nada». Esa mueca vale muchísimo, porque convierte el blanco en un ensayo.

Botella de agua grande y zapatillas deportivas sobre una colchoneta azul, clase de autodefensa para principiantes

Esperando el bus en la avenida Ejército no hay cuenta atrás, ni instructor, ni Damaris. Nadie avisa cuándo empieza el examen. Por eso trato la colchoneta como taller y la avenida como examen sorpresa: todo lo que pruebo en la primera tiene que sobrevivir en la segunda, donde no hay tiempo para acordarme de nada.

Un repertorio entero frente a una sola cosa

Mi primer método fue el repertorio. Llené una libreta con reglas del tipo «si me agarran así, hago esto; si vienen por allá, hago lo otro», y parecía un manual de ingeniería. En papel lucía genial, pero en cuanto el instructor me pedía algo tenía tantas opciones abiertas en la cabeza que no elegía ninguna. Ese atasco tiene nombre, la Ley de Hick: cuantas más alternativas, más tarda uno en decidirse.

El silbato de emergencia que compré fue el repertorio hecho objeto: una opción más en el bolsillo de la que nunca supe si funcionaría de verdad. La duda se sumó a la lista de cosas por decidir en lugar de quitarme una.

Mano sosteniendo un silbato de emergencia, un recurso de seguridad personal femenina que no me quitó la duda

El segundo método es la sola cosa. Dejé de buscar la respuesta perfecta y me quedé con una palabra o un movimiento pequeño, algo como «atrás», «no» o un paso hacia un lado, que ya vive en el cuerpo porque lo practico en clase. Mi instructor lo repite con su calma de siempre: cuando estás bloqueada no piensas poco, piensas demasiado. No pretendo ser experta en artes marciales, ni lo seré; solo quiero llegar tranquila a mis series de la noche.

Probé respirar hondo y probé soltar el aire

Todos repiten «si te pones nerviosa, respira profundo». A mí, con el pánico ya encima, meter aire a bocanadas me mareaba y me dejaba con el corazón disparado, así que quedaba peor que antes. Lo que sí me funcionó fue pensar solo en soltar: un soplido corto, como quien apaga una vela sin forzar los pulmones. La garganta se me aflojó lo justo para que saliera algo.

Fue así como una mañana de clase el NO por fin salió. No fue un grito de película, fue un ladrido ronco, pero fue mío. Si quieres el detalle de ese momento, medio épico y medio vergonzoso, lo conté en por qué gritar 'no' fue lo más difícil de mi entrenamiento.

Tu cuerpo puede funcionar al revés que el mío: si respirar hondo te calma, sigue haciéndolo. Yo no soy instructora, solo una oficinista que se tropieza con sus propios pies, y si el miedo te desborda lo sensato es hablarlo con tu instructor o con un profesional.

Elige según el sitio: así reparto mi gestión del miedo

El criterio que uso sale de todo lo anterior. El repertorio y las opciones múltiples los reservo para la clase y para casa, cuando tengo tiempo de equivocarme y comparar. La sola cosa la reservo para lo que llega sin aviso: el paradero, la vereda, cualquier lugar donde nadie me da la señal de salida. Respirar hondo lo dejo para cuando todavía estoy tranquila; soltar el aire, para cuando el nudo ya está instalado. Y si ni así arranco, aprieto los dedos de los pies dentro de la zapatilla, porque sentir el suelo me recuerda que no soy solo una cabeza llena de miedo.

También me costó aceptar que el miedo viene incluido. Al principio me castigaba: «Paola, qué tonta, cómo te vas a asustar por un ejercicio». Pero el miedo es como ese vecino pesado que siempre aparece, y resulta más llevadero aprender a convivir con él que intentar echarlo a patadas.

Una tarde cualquiera, en el paradero de la avenida Ejército, un desconocido se arrimó más de la cuenta y empezó a soltar comentarios incómodos, y mis pies ya se habían movido a un lado antes de que mi susto terminara de armarse. El frío en las manos llegó igual que en clase, pero esta vez no pensé en golpes ni en repertorios, solo en una palabra: «distancia».

Manos de mujer atando los cordones de sus zapatillas antes de una clase de autodefensa para principiantes

Me moví hacia donde había más luz y dejé las manos a la vista, sin drama y sin pelea. Ese paso simple lo repetimos muchas veces en clase, tantas que el cuerpo lo hizo solo. El progreso no fue dejar de quedarme en blanco, sino tener un cable auxiliar para volver a arrancar. Esa noche le mandé un audio largo y desordenado a Lizbeth, mi compañera de la oficina, que prefiere los audios a los mensajes escritos, y me devolvió otro todavía más largo.

Por cierto, si te acabas de mudar o estás en una zona que no conoces bien, a mí me sirvió leer sobre cómo sentirse segura en un barrio nuevo, porque el entorno influye muchísimo en cuánta tensión acumulo antes de salir de casa.

Mi resumen para quien también se apaga: si tienes tiempo y un lugar seguro, prueba de todo, anota y equivócate frente a alguien que te tenga paciencia. Si nadie va a avisarte, quédate con una sola cosa y suéltala junto con el aire. Escribo esto en la mesa de la cocina, con la manzanilla enfriándose a medias y la silla balanceándose cada vez que me río sola de mis propias ocurrencias, y sigo siendo la que se enreda con sus brazos y hace reír al instructor. No busco ser una superheroína, solo una Paola que camina tranquila y que, aunque la cabeza se le quede un poco en blanco, tiene unos pies que ya saben qué camino tomar.

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