Defensa desde Cero

Cómo sentirse segura en un barrio nuevo tras una mudanza reciente

Mujer caminando de noche por una calle de Arequipa tras mudarse a un barrio nuevo, buscando sentirse más segura
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La cuadra donde viví antes y esta donde vivo ahora tienen casi la misma vereda angosta y el mismo tipo de poste de luz, pero mi cuerpo las lee de maneras completamente distintas. Meses después de mudarme a esta zona de Arequipa, sigo aprendiendo a caminar entre paredes de sillar blanco que todavía no reconozco del todo, y esa sensación de barrio nuevo, bonito, tranquilo en apariencia, pero completamente ajeno, fue justo lo que me hizo tomarme en serio eso de sentirme segura sin depender de la suerte ni de un curso de autodefensa mágico. Esto no es una guía de técnicas de pelea ni de cinturones: es lo que fui armando, pieza por pieza, para dejar de sentirme una extraña en mi propia calle.

Antes de seguir, la aclaración de siempre: algunos de los enlaces que dejo por aquí son de afiliado, y si te sirve algún curso y terminas comprándolo, a mí me llega una comisión sin que a ti te cueste nada extra. Solo cuento lo que de verdad he probado en mis sábados torpes de clase o en mis noches de insomnio revisando cursos en la laptop; si algo no lo he probado, te lo digo de frente.

Lo que de verdad cambia cuando el barrio ya no es tuyo

En mi barrio anterior sabía qué tienda cerraba tarde, qué poste fallaba y quién asomaba la cabeza por la ventana antes de las nueve. Acá todavía no tengo ese mapa, y empezar de cero, sin reflejos, sin referencias, casi como el primer día de cualquier clase, resultó ser la parte más incómoda de toda la mudanza. Me prometí anotarme a un gimnasio cercano para sentirme más fuerte, pero entre el cansancio de la oficina y la pereza de después del trabajo nunca pasé de la idea. Lo que sí funcionó fue algo bastante menos dramático: prestar atención real a por dónde camino, en lugar de ir con la cabeza en otro lado.

Manos sosteniendo llaves junto a un cuaderno de apuntes sobre autodefensa para principiantes tras una mudanza reciente

Poner el cuerpo y la voz de mi lado

Levantar la voz no es algo que me salga natural, y en el grupo de iniciación practicamos ese ejercicio incómodo de decir "no" fuerte y claro, sin que la voz se me achique a medio camino, algo que conté con más calma en por qué gritar 'no' fue lo más difícil. Marcial Bedoya, el instructor del grupo, habla tan bajito que una tiene que quedarse en silencio solo para escucharlo, y aun así insiste en que la postura dice más que cualquier grito: hombros atrás, mirada al frente, pasos firmes en lugar de arrastrados. Extender una mano abierta y marcar una distancia clara cuando alguien se acerca demasiado, sin gritar, sin pelear, simplemente ocupando el espacio que me corresponde, terminó siendo mucho más útil en la calle que cualquier golpe que jamás voy a practicar.

El entorno importa más que cualquier técnica

Como las clases de los sábados a veces se sienten insuficientes, empecé a revisar cursos online buscando algo que complementara lo poco que ya sabía. Terminé mirando con calma 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros, sobre todo porque el enfoque no es de patadas voladoras sino de entender cómo piensa la persona que busca hacerte daño antes de que algo pase. Es un curso grabado, así que no reemplaza la práctica presencial con un instructor de carne y hueso, y lo digo sin adornos porque prefiero ser clara sobre lo que sí y lo que no puede darte un video. Lo que más rescato es la idea de pensar un paso antes que la otra persona, de no depender solo de la fuerza sino de anticipar, algo que ya venía intuyendo desde que cambié de barrio.

Laptop abierta mostrando un curso de autodefensa online para sentirse segura en un barrio nuevo

Señales de alerta sin caer en la paranoia

Leer la calle no significa sospechar de cada persona que camina detrás de mí, porque eso sería agotador y, a la larga, imposible de sostener todos los días. Se trata más bien de notar lo que se sale de lo común: alguien parado demasiado tiempo en la misma esquina sin motivo aparente, un carro que reduce la velocidad justo cuando paso, un grupo que baja la voz de golpe. Guardar el celular mientras camino ayudó más de lo que esperaba, y sobre ese hábito puntual escribí aparte algo sobre cómo evitar distracciones con el celular. Todavía recuerdo una tarde cerca del Parque Selva Alegre en la que pasé junto a un grupo de chicos que fumaban en la entrada y, en lugar de bajar la mirada como solía hacer, los miré de frente hasta cruzar al otro lado; no sentí ninguna valentía especial, solo un gusto a metal instalándose en el fondo de la garganta porque el pulso se me disparó de golpe, y aun así seguí caminando.

Cómo empezar a moverte en un barrio que no conoces

Antes de acostumbrarme a esta zona, caminé varias veces las mismas dos o tres cuadras de ida y de vuelta, aunque significara dar rodeos innecesarios, solo para irme armando un mapa propio de qué calles tienen más movimiento a cada hora. La regla que me quedó fue simple: prefiero una cuadra más larga con gente y luz que un atajo vacío, aunque el atajo me ahorre unos minutos. Con esas caminatas fui marcando, casi sin darme cuenta, los lugares donde pararía si algo se sintiera raro: la tienda que atiende hasta tarde, la farmacia con la luz encendida, el edificio donde siempre hay alguien conversando en la puerta. Ubicar esos refugios antes de necesitarlos cambió por completo cómo entro a mi calle de noche.

Reaccionar cuando el cuerpo se congela

Hay sesiones enteras en las que el cuerpo se traba un segundo de más pase lo que pase, y entender que ese bloqueo es normal, no una falla mía, pesó casi tanto como cualquier movimiento que haya practicado. Salir de una situación importa más que ganarla: si hay una puerta, una tienda abierta o simplemente espacio para alejarme, esa es siempre la primera opción, nunca el forcejeo. Tina Huamaní, una compañera que lleva algo más de tiempo que yo en el grupo, se queda siempre unos minutos de más repitiendo el mismo ejercicio sola cuando la sesión ya terminó, y verla practicar así me recordó que ni la fuerza ni el tamaño deciden nada: el ángulo y el momento pesan más que el músculo. Las llaves, un paraguas, la cartera misma: cualquier objeto cotidiano puede servir de apoyo si hace falta, aunque por suerte llevo tiempo sin necesitarlo de verdad. Y la vez que sentí que alguien caminaba detrás de mí de forma constante y rara, en lugar de quedarme dudando crucé la calle y entré a la primera tienda abierta; algo tan simple resolvió lo que mi cabeza ya estaba convirtiendo en pánico.

La constancia pesa más que la técnica perfecta

Ir cada sábado, incluso sin ganas, terminó pesando más que cualquier técnica aislada aprendida en una clase suelta. Mantener la atención puesta en el entorno, sin apagarla del todo pero tampoco quemándome los nervios por eso, se entrena igual que cualquier hábito, solo que nadie lo dice tan claro al principio. El cuerpo también aprendió algo aparte: cuando el pulso se acelera, respirar despacio un par de veces antes de reaccionar cambia por completo cómo salgo de un momento tenso. Nada de esto me volvió una experta ni falta que hace: solo alguien que ya no cruza su propia calle con el corazón en la boca por cualquier sombra.

Sentirme segura en un barrio que todavía no es mío

Seguir aprendiendo esto poco a poco, en vez de esperar a sentirme lista del todo, fue lo que más rápido cambió mi forma de caminar por acá. Algunas de las ideas que más me sirvieron las junté aparte en otra nota sobre cómo reducir la vulnerabilidad urbana, que releo cuando siento que se me olvida lo aprendido. Si te acabas de mudar y sientes ese mismo hormigueo raro al caminar de noche por calles que todavía no conoces, no hace falta un cinturón negro ni convertirte en experta de un día para otro: alcanza con ir armando, calle por calle, tu propio mapa de qué evitar y dónde parar. Por mi parte sigo repasando 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros de vez en cuando, porque me ayuda a mantener la cabeza fría cuando el viento de Arequipa sopla fuerte y las calles se quedan solas. Al final no necesito sentirme invencible: solo necesito llegar a la puerta, soltar el bolso y saber que estoy bien en mi nuevo barrio.

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