
Una clase presencial te corrige el cuerpo ahí mismo, delante de todas; un curso grabado no corrige nada en el momento, pero se queda esperando para cuando de verdad lo necesitas, las veces que haga falta. Esa diferencia es la razón por la que ya no me conformo solo con ir los sábados a mi clase de autodefensa femenina para principiantes, y por la que terminé sumando también un curso online a mis apuntes de seguridad personal.
Antes de seguir, una aclaración rápida: en este texto hay enlaces de afiliado. Si compran algún curso a través de ellos me llega una comisión chiquita y a ustedes no les cambia el precio en nada. Lo que menciono aquí lo probé yo, en mis clases torpes o repasando videos con la laptop sobre la mesa. Ahora sí, vamos al lío.
Clase presencial: lo que corrige, lo que dilata
En mi clase de los sábados el instructor tiene una paciencia que a veces me sorprende, sobre todo conmigo, que sigo enredándome con mis propios pies más de lo que quisiera admitir. Compartimos el salón diez personas más o menos, todas ahí aprendiendo a la vez a no sentirnos tan ridículas cuando algo nos sale mal frente a las demás.
Lo que sí corrige bien la clase presencial es el detalle físico: la postura, el ángulo de la mano, el peso mal repartido en un pie. Nadie te agarra eso viendo una pantalla. Pero una hora a la semana, compartida entre tantas personas, no alcanza para asentar nada, apenas da tiempo de entender el movimiento antes de que ya toque pasar al siguiente.
Hace poco, en un ejercicio de a dos, una compañera me empujó fuerte al cambiar de posición sin querer, y en vez de soltar el "ay, perdón" que se me sale hasta cuando el que choca conmigo es otra persona, me acomodé los pies y seguí sin decir nada. No fue casualidad: quedarme en mi sitio sin pedir disculpas por ocupar espacio es exactamente lo que llevo practicando, aunque en el momento una no lo piensa así.

Lo que más me cuesta ahí no es la coordinación -- aunque tampoco sobra --, es ese bloqueo que me deja muda cuando el instructor simula que se acerca de mala manera. Ese bloqueo mental que te deja en blanco de golpe tiene su propia explicación, y no es este el lugar para meterme en eso. Usar la voz como primera defensa sigue siendo lo que menos me sale, la verdad -- hace un tiempo encontré unos ejercicios para superar el miedo a gritar en clases de autodefensa que ayudan, aunque despacio. Lo del lenguaje corporal seguro, pararse como si ya supieras hacia dónde vas, es otra cosa que voy puliendo, más en la laptop entre semana que en el salón.
Así llegó un curso online a mis apuntes de seguridad
Fue mi compañera de oficina, Lizbeth Apaza, quien me pasó el enlace del primer curso una tarde cualquiera entre correos y café, y que después, cuando le pregunté si había sido ella, se hizo la desentendida por puro molestar. Ella siempre tiene algún snack guardado en el cajón del escritorio para las tardes largas, y esa vez sacó el link casi con la misma naturalidad con la que saca las galletas.
Fue así, casi por curiosidad, como terminé viendo los primeros videos de 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros una noche que no podía dormir. Al principio dudé -- la autodefensa es algo físico, ¿no? -- pero las reseñas todavía eran pocas, así que fui con las expectativas bastante medidas. Lo que encontré explicaba todo de forma directa, fácil de seguir aunque una nunca haya hecho nada de esto antes, y cambió bastante cómo llegué a la clase del sábado siguiente.

La trampa de la técnica "limpia"
En el gimnasio todo se siente ensayado: las colchonetas ya saben dónde vas a caer, el instructor corrige antes de que una se desequilibre del todo. Esa comodidad engaña. El curso está pensado para lo que puede pasar de verdad en la calle, no para ganar un combate deportivo, y eso me hizo ver que practicar sin la sorpresa real de afuera da una falsa sensación de saber hacer algo.
De eso hablan bastante los videos: leer el entorno antes de que pase algo -- lo que llaman conciencia situacional -- se explica ahí con calma, aunque ya escribí sobre eso en otro lado combinándolo con cómo elegir la ruta más segura para volver a casa caminando.
Complementar sin dejar de ir a clase
Antes de meterme a clases probé de todo un poco. Compré un silbato de emergencia que llevé en la cartera meses sin saber si de verdad iba a servir de algo si alguna vez lo necesitaba -- nunca lo usé, ni ganas de probarlo tampoco. Lo sigo cargando, la verdad, pero ya no es lo único en lo que confío.
Cruzar el puente Grau de regreso a casa ya no se siente igual que antes. No es que haya dejado de estar alerta, es que ahora sé en qué fijarme sin que el cuerpo se me acelere entero por cualquier ruido. Hay una parte del curso sobre bajarle revoluciones al cuerpo cuando los nervios se disparan que reviso seguido -- lo de calmarse de verdad, sin fingir que una no está nerviosa, da para su propia historia que ya conté en otro lado.

Volví a la clase con otra cabeza después de meter Secretos Callejeros entre semana, y el instructor lo notó antes que yo -- me dijo que mi postura por fin parecía significar algo, que ya no estaba solo posando.
Dos formas de aprender la misma calma
La otra clase, mientras el instructor terminaba de acomodar las colchonetas, Damaris -- que se cae y tropieza más que cualquiera del grupo, y siempre es la primera en reírse de su propia torpeza -- me preguntó bajito si a mí también se me olvidaba todo apenas salía del salón. Detrás de ella el tubo fluorescente del rincón parpadeaba cada tanto, y ese parpadeo se parecía bastante a como se me borra la memoria del sábado en cuanto llega el lunes.
El curso también toca ideas que en clase casi no salen: priorizar salir de una situación antes que enfrentarla es la que más se repite en los videos, junto con la de poner un límite físico sin sentir que una está exagerando frente a otros. Mencionan también que la palanca gana más que la fuerza bruta, y hay una parte sobre usar lo que ya llevas encima como recurso que dejo para otro momento porque da para más.

Nada de esto reemplaza esa sensación torpe de la primera clase, cuando una no sabe ni cómo pararse frente al resto -- eso se aprende solo yendo, no viendo videos. Si quieren profundizar en lo que aprendí en secretos callejeros para evitar asaltos en la ciudad, ahí ya conté cómo fui aplicando esto afuera, en la calle de verdad.
Qué hacer específicamente si una nota que alguien la está siguiendo tiene su propio protocolo dentro del curso, uno de los pocos temas donde sí me tomé el tiempo de anotar paso a paso.
Cuándo basta con uno, cuándo hace falta el otro
Escribo esto sentada a la mesa de la cocina, con la taza de manzanilla enfriándose porque se me olvida tomarla cuando estoy concentrada, y la vista dando contra la pared blanca de sillar del patio. Desde acá es fácil verlo con distancia: un curso en video no sustituye la corrección de un instructor presente, y tampoco entra en detalle sobre los límites legales de defenderse una misma, que cambian según el país -- para eso hace falta un abogado, no un video.
Si solo pueden con una cosa, quédense con la clase presencial: ahí está la corrección real, la que ningún video explica del todo bien. Pero si lo que las frena es ese bloqueo entre sábado y sábado, el rato en que se olvida todo o no se sabe cómo hubiera reaccionado, un curso como 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros vale la pena como repaso -- no como reemplazo -- y cuesta bastante menos que sumar más horas de clases presenciales. A mí me sirvió tener las dos cosas al mismo tiempo, aunque siga tropezándome tan seguido como al principio.