
Más de una vez hemos caminado dos cuadras pensando que íbamos por el camino más rápido, sin preguntarnos ni una sola vez si era también el más seguro. A mí me pasaba todo el tiempo antes de meterme a mis clases de autodefensa de los sábados, acá en Arequipa, donde el frío de las noches de invierno hace que una quiera llegar rápido a casa sin pensar en nada más. Con poco más de un año yendo a clase, la pregunta me sigue rondando cada tarde que salgo de la oficina. Desde que empecé a tomarme en serio esto de la seguridad urbana y la prevención, me han caído encima montones de dudas, de compañeras de trabajo, de mi compañera de clase Tina Huamaní, de vecinas, sobre cómo elegir una ruta segura para volver caminando sin sentir que voy con el estómago hecho un nudo. Así que hoy junté las preguntas que más se repiten y las voy respondiendo como puedo, con la calma que me da la práctica y ninguna pretensión de ser experta en nada.
¿Qué es lo primero que miro para elegir una ruta segura?
Lo primero, casi sin pensarlo ya, es la luz. No hace falta saber de normas técnicas ni de medidas exactas para notar cuándo una calle está mal iluminada: basta con fijarse si se distinguen las caras de la gente que camina enfrente o si todo se ve como una sombra borrosa. Sé que existen criterios sobre la iluminación mínima recomendada para las zonas peatonales, pero para mi día a día me basta con esa prueba simple: si tengo que entrecerrar los ojos para reconocer a alguien a media cuadra, esa calle queda descartada. Me acuerdo de mi primera clase, torpe y confundida, sin entender ni cómo pararse bien frente al grupo, y elegir una ruta se sentía igual de raro al principio, como aprender un idioma nuevo sin diccionario. Con el tiempo dejó de ser un ejercicio consciente y se volvió casi un hábito, como revisar que la puerta quedó cerrada. Y no, no existe ningún truco mágico: me prometí varias veces que iba a apuntarme al gimnasio para sentirme más fuerte y caminar con otra seguridad, pero nunca terminé yendo con regularidad, así que aprendí a construir esa confianza con lo que sí podía controlar todos los días: por dónde camino y qué tan atenta voy.
Con el tiempo, leer la calle antes de dar el primer paso se parece bastante a mantener la cabeza atenta sin ponerse paranoica, esa calma que cuesta tanto encontrar cuando una camina sola de noche.

Calle con tráfico no siempre es la más segura
Uno pensaría que mientras más autos y más movimiento haya, mejor. Pero después de fijarme bien, entendí que una avenida ancha y ruidosa puede ser tan solitaria para un peatón como un pasaje vacío, sobre todo cuando los muros son altos o los arbustos tapan la vereda y nadie que pasa en su carro realmente te ve. En cambio, hay un par de calles más chicas cerca de donde vivo, por el barrio de Yanahuara, donde los faroles funcionan de verdad y las casas tienen ventanas que dan directo a la calle. Esa sensación de que alguien podría verte desde su sala, aunque suene tonto, me da mucha más tranquilidad que una avenida donde los autos pasan rápido y nadie mira hacia los lados.
Elegir bien por dónde camino también reduce las probabilidades de tener que usar cualquier técnica de esas que en clase todavía se me traban en los brazos: si evito ponerme en una situación fea desde el inicio, no tengo que preocuparme por saber cómo salir de un enfrentamiento cara a cara. El frío de las noches de invierno aquí, sumado a las calles vacías, hace que cualquier ruido detrás de mí suene más fuerte de lo que probablemente es.
Los puntos de refugio que aprendí a detectar
En una de las clases, mi instructor Marcial nos explicó algo que no había considerado nunca: buscar lo que él llama puntos de refugio en el camino. No son escondites ni nada dramático, sino simplemente negocios abiertos, una farmacia con las luces prendidas, un local donde alguien sigue atendiendo hasta tarde. Con Marcial, que tiene una paciencia que el grupo entero ha puesto a prueba más de una vez, aprendimos a fijarnos en esos detalles sin que se note demasiado, como quien mira vitrinas sin comprar nada.
Tina, mi compañera de clase, me preguntó una vez por qué me tomaba tanto tiempo planeando la ruta si total ya conocía el camino de memoria. Es de esas personas que nunca cuenta por qué empezó a venir al grupo, pero siempre tiene una pregunta lista para hacer pensar a todas. Le expliqué que no se trata de memorizar calles, sino de ir actualizando en la cabeza dónde hay gente y dónde no, porque eso cambia según la hora y según el día, aunque una misma calle parezca siempre igual.
Cómo camino para que mi cuerpo hable antes que mi boca
Todavía tengo el olor a goma caliente del vestuario pegado en la nariz cuando salgo a la calle después de clase, y quizás por eso los primeros minutos afuera siento el cuerpo todavía a medio encender. Sigo sin poder gritar fuerte en el salón —el "no" se me queda atorado en la garganta cada semana, y Marcial ya ni se sorprende— pero afuera encontré otra forma de decir lo mismo sin abrir la boca. Camino con el torso derecho, los hombros sueltos y la mirada al frente, no clavada en el celular. Antes iba encorvada, revisando mensajes, y literalmente no veía nada de lo que pasaba a los costados. Ahora guardo el teléfono en el fondo de la cartera antes de salir, y esa sola costumbre cambió cómo se siente cada cuadra. A veces el cuerpo igual se congela un instante antes de reaccionar, algo que Marcial explica aparte y que da para otro tema entero.
Hace poco, haciendo cola en el banco, me di cuenta de algo raro: tenía los pies plantados de una forma distinta a como los plantaba antes, más firmes, más separados, sin que yo lo estuviera pensando. Fue como descubrir que el cuerpo había aprendido algo que la cabeza todavía no terminaba de asimilar. Esa forma de pararse, dicen en clase, comunica más de lo que uno cree, y no tiene nada que ver con la fuerza física sino con cómo se ocupa el espacio.
¿Qué hago si siento que alguien viene detrás de mí?
Esta es la pregunta que más me hacen, sin duda. Mi respuesta corta es: cambiar de vereda o cruzar la calle sin miedo a parecer exagerada, y dirigirme directo hacia el punto de refugio más cercano que ya tenía identificado. Ya escribí con más detalle sobre qué hacer si alguien te sigue, pero en resumen: no se trata de girarme a confirmar nada, sino de actuar rápido y sin pedir permiso.
Tampoco hace falta cargar algo especial: basta con saber usar lo que ya llevas encima, como el paraguas, el bolso o cualquier otra cosa a la mano, si de verdad llegara a hacer falta. Y si alguien se acerca demasiado en una fila o en la calle, ya no me da vergüenza dar un paso atrás o decir que necesito espacio, algo que antes de las clases jamás habría hecho por no parecer maleducada.
Elegir bien la ruta no es una fórmula perfecta ni una garantía de nada: es simplemente la parte del camino que sí puedo controlar antes de llegar a la puerta de mi casa. Sigo sin gritar fuerte en el salón, sigo siendo la que se enreda los brazos en los ejercicios, pero cada vez que cruzo hacia la calle bien iluminada en lugar de meterme por el pasaje vacío, siento que hice la parte que me toca. Y si alguna de ustedes recién está empezando a hacerse estas preguntas, no hay nada de malo en preguntar lo mismo varias veces hasta que se sienta natural.