Defensa desde Cero

Por qué gritar 'no' fue lo más difícil: mi experiencia perdiendo el miedo en Arequipa

Autodefensa para principiantes: cruzar una calle de Arequipa de noche trabajando la seguridad personal femenina y la superación del miedo

El puente Grau, ese que cruza en pleno centro de Arequipa, tiembla apenas pasa un colectivo encima, y aun así lo cruzo cada tarde para volver a casa. Antes de seguir, el aviso de siempre por si es tu primera vez por aquí: algunos de los enlaces de este texto son de afiliado, así que si compras algo desde uno me llega una comisión sin que a ti el precio te cambie en nada. Voy a clases de autodefensa para principiantes los sábados en un gimnasio del centro, y lo que sigue son las preguntas que más me hacen las amigas cuando les cuento cómo me fue: sobre el miedo que no avisa, sobre la voz que se traba, sobre qué hacer con un cuerpo que de repente no responde.

¿Por qué cuesta tanto gritar 'no' cuando eres nueva en la autodefensa?

La respuesta corta: la voz no es algo que se entrena aparte del resto del cuerpo. En el primer ejercicio de espacio personal, el instructor pide estirar los brazos y decir 'no' fuerte, y ahí una descubre que la voz cuenta como la primera herramienta de defensa, antes que cualquier golpe. Lo que nadie avisa es que a la mayoría se le cierra la garganta antes de que salga el sonido, esa reacción de bloqueo que el cuerpo hace solo, sin pedir permiso. El golpe del puño contra la almohadilla de foam suena más apagado de lo que una esperaría, casi como si el aire se tragara el ruido, y ese sonido corto me recuerda que gritar 'no' funciona parecido: hay que soltarlo entero, no a medias.

Zapatillas y toalla sobre colchonetas de un gimnasio de autodefensa para principiantes, iluminado por la tarde

El miedo no avisa cuándo se te cierra la garganta

Calmar los nervios antes de que se disparen ayuda más que intentar sonar fuerte en el momento mismo: respirar hondo un par de veces antes de hablar le da al cuerpo un segundo para no reaccionar en automático. A mí me tomó llegar torpe a la primera clase para entender que nadie empieza sabiendo pararse bien, y que sentirse como la más patosa del salón es prácticamente el punto de partida de todo el mundo ahí. También me prometí, meses atrás, anotarme al gimnasio para sentirme más fuerte, y esa inscripción se quedó pendiente, como tantas promesas que uno hace y no cumple; al final terminé aprendiendo a manejar el miedo sin haber pisado una máquina de pesas, cosa que no esperaba.

El chiste malo de Marcial antes de cada sesión

Marcial, el instructor del grupo, abre cada sesión con el mismo chiste sin cambiarle ni una coma, y a estas alturas una ya sabe cuándo viene la broma antes de que la termine de contar. Practicar seguido, aunque sean sesiones cortas, cambia más la postura que cualquier técnica aislada; se nota en cómo una entra al salón, hombros más sueltos, sin encogerse antes de que empiece la clase. La confianza que se ve desde afuera casi nunca viene de saber pelear, viene de cómo el cuerpo se para y se mueve cuando siente que puede ocupar su propio espacio.

Tableta con un curso de autodefensa para principiantes junto a una taza de té, en un repaso casero de seguridad personal femenina

Aprender a leer el puente Grau antes de que pase algo

Cruzar el puente Grau todos los días termina enseñando cosas que ninguna clase explica del todo: quién camina detrás, si alguien cambia el paso cuando una lo hace, si hay espacio suficiente entre una y la persona que viene de frente. Mantener esa distancia, ni pegada a la pared ni al borde de la pista, es algo que hago casi sin pensar ahora, aunque al principio me sentía ridícula calculando pasos como si fuera un examen. Hace poco empecé a mirar el curso 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros como refuerzo para los días en que no llego al gimnasio, no porque el gimnasio no alcance, y cuando la voz todavía se me traba en clase, complemento con unos ejercicios para soltar la voz que encontré por mi cuenta.

¿Y si el cuerpo se queda congelado igual?

Pasa, y no significa que el entrenamiento no sirva. La otra clase mi compañero me empujó un poco más fuerte de lo normal en el ejercicio de espacio, y en vez de decir 'perdón' como hago siempre por costumbre, solo me acomodé de nuevo y seguí, ni siquiera lo pensé, salió así. Ese segundo me enseñó más sobre poner un límite físico sin pedir disculpas que diez explicaciones seguidas. Tina, mi compañera del grupo, siempre trae algo de fruta para repartir cuando llega el descanso, y una vez me contó que a ella tampoco le sale usar la fuerza, que lo que le funciona es aprovechar el ángulo del otro cuerpo en vez de competir en músculo; desde entonces trato de pensar en eso, que no se trata de quién empuja más fuerte sino de dónde queda parada una.

Primer plano de manos en postura de defensa durante una práctica de autodefensa para principiantes

Notar si alguien te sigue, antes de que sea tarde

Si alguien empieza a caminar al mismo ritmo detrás de una, cambiar de vereda o cruzar hacia un lugar con más gente dice más que voltear a mirar. Eso, junto con pensar antes la ruta de vuelta a casa en vez de improvisarla a media cuadra, es de lo poco que de verdad baja el susto antes de que pase nada. Entender esto me ayudó a reducir mi vulnerabilidad al caminar sola, aunque sigo sin ser ninguna experta, se me sigue olvidando cuál mano va primero en los bloqueos y llego a clase con el pelo hecho un desastre casi siempre.

Lo que sí ayuda entre una clase y la siguiente

Entre sábado y sábado, lo que más ayuda no es memorizar movimientos sino tener clara la prioridad: alejarse siempre gana sobre quedarse a discutir o demostrar algo. Eso lo entendí mejor con el mismo curso que menciono más arriba, porque insiste en que buscar la salida no es rendirse, es casi siempre la opción más inteligente. También aprendí a fijarme en lo que ya cargo conmigo, una mochila, un paraguas cuando llueve, el celular en la mano, no porque sean armas sino porque saber dónde están y cómo sostenerlos cambia la postura de una sin que se note desde afuera. A mí me sirvió complementar lo que veo en el gimnasio con algo que pudiera repasar en casa, sobre todo las veces en que el sábado se complicaba y no llegaba a la clase presencial; ahí es cuando más recurro al curso 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros. No soy instructora ni doy consejo de seguridad profesional, solo cuento lo que me ha servido a mí; si la situación se siente realmente peligrosa, lo que corresponde es buscar ayuda de alguien capacitado, no seguir leyendo blogs como este. El puente Grau sigue temblando igual cuando paso, pero ahora camino distinto sobre él, con los hombros un poco más sueltos que antes.

Artículos relacionados