Defensa desde Cero

Consejos para evitar el acoso callejero al caminar por zonas concurridas

Consejos para evitar el acoso callejero al caminar por zonas concurridas: mujer caminando con paso firme entre la multitud de una calle concurrida

Caminar sola por una calle vacía asusta, eso lo entiende cualquiera. Lo que casi nadie explica es que caminar rodeada de cien personas en una zona concurrida puede darte exactamente la misma sensación de estar expuesta, solo que nadie te cree cuando se lo cuentas. A mí me pasaba seguido saliendo de la oficina, ajustando las dos correas de la mochila para que no bailen, sintiendo que entre tanto gentío era más fácil volverme invisible para todos menos para la persona equivocada. De eso trata este post: autodefensa femenina aplicada a la seguridad urbana del día a día, prevención del acoso que de verdad se puede practicar entre el bullicio, y el bienestar emocional que viene después, cuando por fin dejas de sentirte un blanco fácil.

Desde que empecé las clases de los sábados, las preguntas que más me hacen mis compañeras no son sobre llaves ni golpes: son sobre esto exactamente, qué hacer cuando hay gente por todos lados y aun así algo se siente mal. Mi compañera de oficina, Lizbeth Apaza, que es de esas personas que llegan siete minutos antes a cualquier cita aunque no haga ninguna falta, me pregunta seguido qué cambié, porque dice que ahora camino distinto. No tengo cinturones de colores ni ningún título, solo las respuestas que me sirvieron a mí y que comparto tal cual me las preguntan.

La multitud no garantiza estar más segura

La lógica dice que más testigos equivale a más seguridad, pero en una zona concurrida casi nadie mira a nadie: todos van apurados, con el celular en la mano o pensando en lo suyo. Ahí entra lo que en clase llaman mantenerse alerta sin caer en la paranoia, que para mí simplemente significa no apagar el radar solo porque hay movimiento alrededor. No se trata de sospechar de cada persona que camina rápido, sino de notar cuando algo se repite: la misma cara dos cuadras después, alguien que frena justo cuando tú frenas. También ayuda cómo caminas mientras tanto, hombros sueltos pero paso firme comunica algo distinto a ir encogida mirando el piso, aunque por dentro sigas pensando en qué vas a cocinar en la noche. Esto no es exclusivo de ninguna ciudad, pasa en Arequipa igual que en cualquier otro sitio con mucha gente en la calle.

Autodefensa femenina y seguridad urbana: primer plano de una mano sosteniendo un silbato metálico enganchado a la correa de una mochila

Lo que noté haciendo cola en el banco

Una mañana, haciendo la cola larga de un banco en el Barrio de Yanahuara, me di cuenta de que tenía los pies plantados distinto a como los plantaba antes: separados, con el peso repartido, sin esa costumbre de cruzar una pierna sobre la otra y encogerme para ocupar menos espacio. Nadie me enseñó esa postura en un ejercicio puntual, simplemente apareció un día cualquiera, como si el cuerpo hubiera decidido por su cuenta que ya no tenía que pedir permiso para estar parada en un lugar. Son esos detalles chiquitos los que más me convencen de que algo sí está cambiando, más que cualquier discurso bonito sobre sentirse fuerte.

Si sientes que alguien te sigue entre el gentío

Antes de empezar las clases, mi única estrategia si sentía algo raro de noche era llamar a alguien por teléfono mientras caminaba, solo para no sentirme tan sola en la calle. Sirve para el ánimo, pero en términos prácticos no cambia mucho: si alguien te sigue de verdad, lo que ayuda es romper el patrón, cruzar hacia donde haya más luz y más negocios abiertos, y priorizar alejarte antes que confrontar a nadie. En clase lo resumen como evitar el enfrentamiento siempre que haya una salida, y entre el gentío casi siempre la hay, aunque en el momento no lo parezca. Si lo que te preocupa es más bien el acoso verbal que el que alguien te siga en silencio, hace poco leí algo útil sobre qué hacer ante el acoso callejero verbal al volver del trabajo que complementa bien esto.

Cuando se te congela la voz o el cuerpo

A mí todavía se me traba la voz cuando tengo que alzarla de golpe, y no pasa nada. Lo que en clase llaman quedarse en blanco frente al peligro es más común de lo que parece, y la idea no es eliminarlo sino tener algo que hacer incluso si el cuerpo se congela un segundo: dar un paso al costado, buscar la puerta más cercana, lo que sea menos quedarte completamente quieta esperando que pase.

La autodefensa femenina no depende de tener más fuerza que el otro

Esto me lo preguntan seguido: ¿y si la otra persona es más grande o más fuerte? La respuesta corta es que la fuerza bruta casi nunca es el punto; lo que de verdad funciona en clase se apoya en la palanca y el ángulo, no en los músculos que no tengo. Poner un límite físico, como dar un paso firme hacia atrás o interponer el brazo sin agredir a nadie, no requiere ser atleta, solo perder la vergüenza de ocupar ese espacio. Mantener algo de distancia con alguien que no conoces, aunque sea medio paso de más, también te da ese segundo extra para decidir qué hacer antes de que la situación se te venga encima.

Cambiar de ruta también sirve aunque haya luz y gente

Elegir por dónde caminar sigue importando incluso en zonas llenas de gente y bien iluminadas, no solo de noche en calles oscuras. Me fijo en detalles que antes ignoraba olímpicamente: si una tienda tiene las rejas a medio bajar a media tarde, si un grupo lleva rato parado en la misma esquina sin motivo aparente, si el local donde podría refugiarme un momento todavía tiene gente adentro. Son señales chiquitas, nada dramático, pero ayudan a decidir por dónde doblar antes de que haga falta correr. Incluso lo que aprendí sobre cómo mejorar la prevención de riesgos al caminar por zonas poco iluminadas sirve de día y con gente alrededor, porque las esquinas que parecen tranquilas a veces no lo son.

La voz y los nervios en el momento justo

En el grupo de principiantes hay una compañera, Damaris Lipa, a quien el instructor pone de ejemplo sin querer casi cada clase, y ella se pone roja como un pimiento cada vez. Verla pasar por lo mismo que yo ayuda más de lo que esperaba, entiendes que a nadie le sale perfecto alzar la voz la primera vez. Hacerlo en la calle sirve porque rompe el silencio que un acosador necesita para sentirse cómodo, y respirar hondo antes de reaccionar, en vez de contener el aire que es lo que hace casi todo el mundo del susto, ayuda a que las piernas respondan en vez de quedarse pegadas al piso.

No necesitas comprar nada para sentirte más segura

La respuesta honesta es que no, al menos no para empezar. Las llaves entre los dedos, la correa de la mochila bien ajustada, el celular cargado, todo eso ya lo llevas encima sin pensarlo. Algunas compañeras del curso cargan un silbato enganchado a la mochila, como el de la foto, y la lógica es simple: hacer ruido llama la atención en un segundo, y en una zona concurrida esa atención ajena es justo lo que un acosador menos quiere. Pero ningún objeto reemplaza la costumbre de ir notando lo que pasa alrededor. La seguridad tampoco termina al salir de la zona concurrida: después casi siempre toca tomar un carro para llegar a casa, y ahí aplican otras estrategias de seguridad para mujeres que usan taxis por la noche.

Cuánta práctica necesitas para que esto funcione

No hace falta entrenar todos los días ni convertirlo en una obsesión, lo que cambia las cosas es repetirlo lo suficiente para que deje de sentirse forzado, aunque sea un rato cada semana. Seguir yendo aunque la primera clase te haga sentir torpe es, para mí, la parte que de verdad importa, nadie llega sabiendo y eso está bien. Si me preguntas qué hacer distinto desde mañana mismo, mi respuesta es esta: antes de cruzar cualquier zona concurrida, levanta la cabeza del celular un poco antes y fíjate quién camina cerca tuyo durante unos segundos. Ese hábito simple, repetido, es lo que de verdad cambia cómo caminas por tu ciudad.

Artículos relacionados