Defensa desde Cero

Estrategias de seguridad para mujeres que usan taxis por la noche

Estrategias de seguridad para mujeres que usan taxis por la noche: autodefensa femenina y prevención urbana en Arequipa

Lo primero que miras antes de subir a un taxi de noche, antes incluso de decir la dirección, no tiene nada que ver con ningún golpe ni con artes marciales, y se me quedó grabada después de varias clases de autodefensa femenina los sábados. En Arequipa, cuando la neblina se espesa sobre la calle Mercaderes y apenas se distinguen los faroles, ese nudo en el estómago aparece antes de levantar la mano para parar un carro. No es por el centro ni por nada en particular: es esa mezcla de frío, cansancio y la sensación de ser un blanco fácil que muchas conocemos de memoria, y que me llevó a tomarme en serio la seguridad en los taxis nocturnos.

Antes de anotarme a esas clases, mi única estrategia era cambiar de ruta para evitar las calles más oscuras, aunque eso significaba llegar tarde casi siempre y, apenas subía a cualquier carro, el problema seguía exactamente igual. No busco cinta negra ni ninguna certificación: solo quería dejar de sentirme vulnerable en mi propio trayecto a casa. Marcial, el instructor que lleva el grupo en el centro comunitario, abre cada sesión con el mismo chiste malo, sin cambiarle una coma, y ese detalle ya me avisa que después toca ponerse seria. Ahí sigo trabada cuando llega el turno de gritar "¡no!" con toda la fuerza del pecho: el aire se me queda atorado y solo sale un hilito de voz, mientras la compañera de al lado —mil veces más despistada que yo con los pies— lo grita sin pensarlo dos veces.

Salgo del local con ese calor de goma que se pega a la ropa después de la práctica, y lo que realmente cambió mi rutina fue llevar esos mismos reflejos a la calle, aplicados no contra un compañero de entrenamiento sino contra el carro que se detiene frente a mí. Tina, que lleva más tiempo que yo en el grupo, siempre aparece con fruta para repartir en el descanso, y ese gesto simple me recuerda que buena parte de esto consiste en cuidarnos entre nosotras, no en pelear.

Lo que reviso antes de subir a un taxi por la noche

Antes me subía al primer taxi que pasaba, con tal de salir del frío. Ahora me obligo a respirar un segundo y mirar la placa de rodaje: en Perú tienen seis caracteres alfanuméricos, y memorizarlos mientras el carro se acerca me da un control que antes no tenía. Si el conductor nota que me quedo mirando el parachoques, pues que mire: mi seguridad pesa más que no parecer incómoda.

Mano de mujer revisando el mapa de la app de taxi antes de confirmar el viaje, un gesto clave de seguridad en los taxis nocturnos

Comparo la cara del conductor con la foto del carnet que debería estar a la vista antes de subir. Es un escaneo rápido, casi automático, y me ayuda a decidir si tomo ese viaje o prefiero esperar el siguiente. Ese segundo de más es, para mí, la base de toda la autodefensa femenina que practico fuera del salón de clase: observar antes de actuar.

La manija, el seguro y el asiento que elijo

Me siento como una espía de bajo presupuesto cada vez que hago esto, pero funciona. Al abrir la puerta pruebo la manija interior y reviso que el seguro de niños no esté activado; si la puerta no abre desde adentro, es una señal de alerta inmediata. Pongo el bolso junto a la puerta que voy a usar y elijo el asiento detrás del copiloto, porque desde ahí veo al conductor por el espejo retrovisor sin girar la cabeza de forma obvia.

Mantener esa distancia visual se parece bastante a lo que practicamos en clase cuando un compañero avanza demasiado cerca: la idea nunca es parecer agresiva, sino conservar el espacio y la salida. Un taxi de noche no es distinto de cualquier otro lugar donde la prevención urbana empieza por notar los detalles pequeños antes de que se vuelvan un problema grande.

Compartir la ubicación no es un plan completo

Casi todas creemos que enviar el link de ubicación en tiempo real por WhatsApp a una amiga ya nos deja blindadas. La verdad es que ese seguimiento pasivo suele retrasar la reacción ante una emergencia real cuando la señal falla o, peor, cuando la otra persona simplemente no está mirando el celular en ese momento.

Primer plano de una mano probando la manija interior del taxi, parte de la autodefensa femenina antes de cerrar la puerta

Compartir la ubicación es solo una parte de la estrategia, nunca el plan completo. Si el taxi se desvía, la amiga podría notarlo varios minutos tarde; el trabajo real es estar presente una misma. Por eso mantengo el celular en la mano no para mirar redes sociales, sino para seguir el mapa, y si veo que el conductor toma una ruta distinta, no espero a ver qué pasa.

Ya había contado algo parecido en mis consejos de seguridad para mujeres que salen tarde de la oficina caminando: la prevención empieza antes de poner un pie en la calle, y en el taxi significa estar lista para hablar aunque la voz tiemble. No soy ninguna experta en seguridad, solo una mujer de oficina que se asusta con los ruidos fuertes, así que esto queda como experiencia personal y no como instrucción profesional.

Si el conductor cambia de ruta, hablo

Hace poco el conductor decidió tomar una calle lateral porque "había tráfico". Sentí esa vibración seca en la garganta, el mismo aire atrapado que conozco de clase, pero logré preguntar: "¿Por qué vamos por aquí? Prefiero la ruta habitual". La voz salió temblorosa, pero salió, y el conductor volvió a la ruta principal sin decir mucho más.

No necesité saber artes marciales para recuperar el control de mi trayecto; necesité estar atenta a dónde estaba y tener el valor de decir algo. Quizás el señor de verdad quería evitar el tráfico de esa noche, pero el punto sigue siendo el mismo: no me quedé callada esperando a que decidiera por mí.

Libreta con notas sobre seguridad en los taxis y autodefensa femenina junto a un vaso de agua, apuntes de un diario de prevención urbana

Si la situación se pone más tensa, mi plan es tener el dedo cerca del botón de llamada. En Perú, el número de emergencia de la Policía Nacional del Perú es el 105, y tenerlo marcado, aunque no llegue a llamar, da una sensación de respaldo. Una llamada fingida y decir en voz alta "ya estoy llegando, voy en un taxi con esta placa, llego en un par de minutos" suele bastar para disuadir cualquier mala intención.

Llegar, pagar y cerrar la puerta: el tramo final

La seguridad en los taxis no se trata de vivir con miedo, sino de vivir con atención. Cuando llego a mi edificio, espero a que el carro se detenga por completo, pago de preferencia con la aplicación para no andar hurgando en la billetera al final del viaje, y me fijo en que la entrada esté despejada antes de bajar.

Hace poco, bajando de un colectivo nocturno después de aplicar todo este protocolo, noté algo que no esperaba: tenía los hombros sueltos y el cuello sin tensión, como si el cuerpo ya supiera que el trayecto había salido bien. A veces me río de mí misma haciendo todo este ritual, sobre todo cuando pienso en la compañera de los leggins neón que el otro día casi se cae intentando una salida rápida en un simulacro. Pero este diario de autodefensa nunca fue sobre aprender a pelear, sino sobre aprender a valorarme lo suficiente para no quedarme callada.

Cerrar la puerta de casa con llave y soltar el aire que venía conteniendo sigue siendo la mejor recompensa. No tengo una técnica perfecta ni una respuesta para cada situación, solo una lista de hábitos pequeños que repito viaje tras viaje porque, poco a poco, mi trayecto a casa empezó a sentirse mío otra vez.

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