Defensa desde Cero

Identificar refugios seguros en la ruta diaria hacia el trabajo

Mujer identificando refugios seguros en su ruta diaria hacia el trabajo cerca del Mercado de San Camilo, autodefensa femenina y seguridad urbana en Arequipa

Cruzo entre los toldos del Mercado de San Camilo y, sin darme cuenta, ya voy contando cuántas señoras hay detrás de cada mostrador y por dónde saldría si alguien me apurara el paso. Es una costumbre que se me pegó en las clases de autodefensa femenina de los sábados y que ahora aplico en cualquier tramo de mi ruta diaria al trabajo, no solo ahí. Cuando alguna compañera de oficina me pregunta cómo hago para sentirme más tranquila caminando sola por Arequipa, la respuesta corta es esta: no busco calles vacías y silenciosas, busco puertos seguros, sitios con gente y una salida clara donde mi presencia se note si algo se pusiera feo. A eso le llamo, sin ponerle mucha ciencia, mi manera casera de prevención de riesgos, la parte de la seguridad urbana que ningún curso te explica de entrada.

Lo que hace que un lugar sea un refugio de verdad

Gente, luz y salida, en ese orden, son las tres cosas que reviso antes de decidir si un local me sirve como puerto seguro. Un puesto de jugos con la señora siempre ahí y varias personas alrededor cuenta más que una vitrina bien iluminada pero vacía a esa hora. Marcial, el instructor de mi grupo, lo resume distinto: dice que un refugio de verdad es el lugar donde, si entras corriendo, alguien te mira antes de que termines de cruzar la puerta. No hace falta que sea grande ni que tenga cámaras carísimas, solo que alguien note que llegaste.

Fijarme en quién vigila el mostrador o si el guardia tiene la vista pegada al celular es, en el fondo, puro ejercicio de mirar alrededor en vez de ir en piloto automático, algo que en clase llaman prestar atención al entorno y que se trabaja aparte de toda esta lista mía. Bajar las revoluciones del cuerpo un poco antes de llegar al tramo más solitario también ayuda, aunque eso ya es un truco distinto que vengo entrenando por su cuenta.

Prevención de riesgos en la ruta: armar tu lista de puertos seguros

Durante un tiempo probé cambiar de calle nomás para esquivar los tramos más oscuros de mi ruta, pero terminaba llegando tarde a la oficina casi siempre y ni así sentía que controlaba gran cosa. El problema nunca fue solo la oscuridad, era no tener ningún punto claro donde meterme si hacía falta. Ahora, en vez de huir de mi propia ruta, la mapeo: si en la cuadra tres algo no me cuadra, sé que puedo entrar al puesto de jugos donde ya me conocen; si es más adelante, tengo el lobby de un hotelito que descubrí hace poco, con personal despierto y cámaras que de verdad parecen funcionar.

Elegir toda la ruta más segura para volver a casa es otro análisis que merece su propio espacio; acá me quedo solo con los puntos donde refugiarme dentro del camino que de todas formas ya recorro todos los días. Las llaves entre los dedos o el paraguas que cargo en la cartera también cuentan como herramienta si hiciera falta, aunque prefiero no meterme en ese tema sin estar mejor informada. Si de verdad sospecho que alguien me viene siguiendo, tengo un protocolo distinto para eso, que no es lo mismo que buscar dónde refugiarme, y mantener cierta distancia de un desconocido en la calle sin que se note que lo haces a propósito es una costumbre que también se entrena sola.

Manos sosteniendo llaves y un silbato pequeño, un objeto cotidiano de prevención de riesgos y autodefensa femenina en la calle

Algo que sí ayuda directo con esta lista de refugios es haber aprendido cómo elegir calzado cómodo y seguro para caminar por la ciudad, porque salir corriendo hacia un puerto seguro en tacones sobre las calles empedradas del centro es misión imposible. Desde que cambié a zapatos bajos siento que reacciono más rápido si necesito meterme a alguno de los locales de mi lista.

Pies de mujer con calzado cómodo sobre el empedrado del centro de Arequipa, clave para moverse segura y con seguridad urbana entre puertos seguros

La trampa de los sitios más obvios

Aquí viene lo contradictorio. Los locales más llamativos, los que parecen gritar que ahí hay seguridad, a veces son justo los puntos donde conviene menos meterse. Una tienda con mucho movimiento de gente entrando y saliendo puede parecer un refugio perfecto, pero también es fácil pasar desapercibida ahí si alguien viene siguiéndote de cerca, porque nadie se fija en una persona más entre la fila. Sirve más un lobby pequeño y transparente, con alguien detrás del mostrador las veinticuatro horas, de esos que casi nadie mira dos veces camino al trabajo.

Un puesto del Serenazgo cerca del mercado también entra en mi lista, aunque siempre aclaro lo mismo que repite Marcial: ayuda un montón, pero no reemplaza a la policía nacional, así que el número de emergencias sigue siendo lo primero que hay que marcar si algo se complica de verdad. Nada de esto busca que le plantees cara a nadie; la idea entera es escaparte del problema antes de que se parezca en algo a una pelea, tema que se explica mejor en otro lado y no en esta lista de refugios.

Cuando el problema no es la ruta sino la voz

A veces la ruta ya está resuelta y el problema sigue siendo otro: la voz. En el salón hay un tubo de luz en la esquina que titila cada dos por tres, como si tampoco quisiera estar ahí a esa hora, y bajo esa luz es donde el instructor nos pide, cada tanto, que gritemos un 'no' que se escuche hasta la calle. Durante mucho tiempo lo mío salía como un susurro que no asustaría ni a una paloma del mercado. La última vez el 'no' me salió de un tirón, completo, sin ese temblor a la mitad que siempre lo cortaba, ahí parada frente a todo el grupo, y por un segundo sentí que esa voz sí era mía.

Marcial no pierde la paciencia ni cuando el grupo entero le falla el mismo ejercicio tres veces seguidas, y esa calma suya ayuda más de lo que él mismo se imagina cuando a una se le traba la voz en la garganta. Usar la voz cuenta tanto como saber hacia dónde correr, aunque esa sea una pelea mía completamente distinta de esta lista de refugios. Pararte como si supieras a dónde vas cambia cómo te mira la gente en la calle, aunque por dentro sigas dudando de todo, y ese segundo en blanco que te agarra cuando algo pasa de verdad también se entrena para que dure menos, aunque a mí todavía me atrape de vez en cuando.

La gente que hace que la ruta se sienta menos sola

Tina, mi compañera de clase, siempre llega antes que yo y me guarda un lugar cerca de la puerta sin que se lo pida; nunca me ha contado qué la trajo al grupo, pero desde el primer día se portó como si ya nos conociéramos de antes. Le conté esto de los puertos seguros hace poco y ahora, cuando volvemos juntas hasta el paradero, vamos las dos señalando en voz baja cuál local nos serviría y cuál no.

Compartir esta lista es también una manera de reducir la vulnerabilidad urbana al caminar sola sin que eso signifique volverse cinturón negro en nada. Sigo siendo la más torpe del grupo para casi todo lo demás de la clase, esa es otra historia que merece su propio espacio, pero para armar esta lista de refugios no hace falta ninguna habilidad especial, solo ganas de mirar la calle distinto.

Tampoco hace falta ir a clase de corrido sin faltar nunca para que algo de esto se quede pegado; ir aunque sea cansada, aunque te saltes alguna, ya cambia cómo caminas de ahí en adelante. Marcar un límite físico con alguien conocido, sin sentir que estás exagerando, es otro tema que me costó horrores aparte de todo esto, igual que aprender que el cuerpo puede jugar a tu favor sin que haga falta tener la fuerza de nadie más. Con la ruta ya mapeada y la voz mejorando de a poco, lo que queda es simple: caminar sabiendo exactamente hacia dónde meterte si alguna vez lo necesitas.

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