
Los zapatos que me hacían ver profesional en la oficina no eran los mismos que me hacían sentir segura de verdad en la calle, y esa diferencia me costó entenderla más de lo que quisiera admitir. Para muchas mujeres en Arequipa el calzado seguro ni siquiera entra en la conversación cuando se habla de autodefensa urbana, como si los pies no tuvieran nada que ver con la prevención de riesgos, y a mí me pasaba exactamente lo mismo hasta hace poco.
No soy médica, ni podóloga, ni instructora certificada de nada, solo una oficinista que se cansó de sentir que caminaba con un blanco pegado a la espalda. Hace un tiempo hasta descargué una app de seguridad personal que se suponía que iba a ayudarme, y la verdad es que la olvidé guardada en el celular apenas pasó la primera semana, entre tantas otras aplicaciones que nunca vuelvo a abrir. Lo que sí terminó cambiando algo fueron las clases de los sábados y, sin que lo planeara, mis propios zapatos.
Calzado seguro para huir, no para lucir
Nunca había pisado un gimnasio de este tipo, y desde la primera clase quedó clarísimo que iba a ser la más torpe del grupo. Llegué a mi tercera sesión con mis zapatos de siempre, esos bajitos de suela dura que uso para la oficina, pensando que para "aprender a estar atenta" no hacía falta nada especial en los pies. Error total. El instructor, que tiene una paciencia de santo, nos pidió un simulacro de escape: había que girar y salir casi corriendo apenas sonara la señal. Mi pie derecho decidió que no tenía ganas de agarrarse al piso y terminé prácticamente abrazada a una colchoneta.
Sentí una vergüenza tremenda, con ese olor a caucho viejo del gimnasio pegado a la nariz, mientras mi compañera de clase (todavía más despistada que yo) me ayudaba a pararme. Pero el mensaje quedó claro de todas formas: mi elegancia de oficina era una vulnerabilidad disfrazada de buen gusto. Llevaba años eligiendo zapatos según cómo me veían mis colegas, no según si esos mismos zapatos me servirían para salir corriendo si algo se ponía feo camino a casa. Y ojo, mi meta nunca fue aprender a plantarme a pelear con nadie, sino tener alguna posibilidad real de escapar cuando hiciera falta, así que empecé a mirar mis pies con otros ojos.

Esa noche volví a casa dándole vueltas al tema. Intenté practicar en la sala el famoso grito de "¡no!" que nos enseñan, ese que a mí todavía me sale como un susurro ahogado, y mi gato me miró con una cara de juicio total antes de esconderse bajo el sofá. Además de las clases presenciales, empecé a mirar con más atención el curso 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros, que me gustó porque no te pide ser atleta, solo entender cosas básicas que puedes aplicar aunque vayas vestida para una reunión de presupuesto.
El agarre en la vereda
Después de esa caída, casi literal, empecé a fijarme en algo que antes ni notaba: cómo responde el piso bajo los pies según el zapato que llevo puesto. Una tarde subí hasta el Mirador de Sachaca solo para probar un par nuevo, con esa mezcla de tierra suelta y piedra que tiene la bajada, y sentí clarísima la diferencia entre un zapato que resbala buscando dónde afirmarse y uno que simplemente se queda quieto donde lo pongo.
Lo que aprendí, sin ponerme técnica ni nada, es que de poco sirve una suela bonita si el pie baila dentro del zapato. Ahora, cuando pruebo un par nuevo, giro rápido apoyada sobre un pie, y si siento que el pie se mueve antes que la suela, ese zapato queda descartado, por lindo que sea. Antes cargaba con una presión rara en el arco del pie izquierdo cada vez que intentaba mantener la guardia con mis zapatos angostos de siempre, y entendí que mi cuerpo me estaba pidiendo una base más sólida, no más elegancia.
Ahí conecta bastante con lo que cuento en Cómo reducir la vulnerabilidad urbana al caminar sola de regreso a casa: no es solo cuestión de mirar a los lados, sino de que tus pies puedan responder cuando toca. Últimamente hasta empecé a fijarme más en qué calle elijo para volver del paradero, no solo en qué llevo puesto, y las dos cosas juntas pesan más de lo que pensaba.
La hora punta también decide qué zapato uso
Aquí mi opinión se aleja bastante de lo que leo en revistas o manuales de deporte, que casi siempre recomiendan calzado ligero y flexible, como si una fuera a hacer yoga en plena calle. Pero nadie que escriba esas notas ha viajado en combi en Arequipa a la hora en que todos salen del trabajo. Ahí los pisotones son constantes, y a veces ni se dan cuenta de que te están aplastando los dedos con todo su peso.
Por eso ahora prefiero, por mucho, un zapato con la puntera un poco más reforzada, sin llegar a bota de construcción, pero sí con algo de estructura al frente. Esa protección de nada me da una paz mental enorme cuando voy apretujada. Antes, si alguien me pisaba fuerte, me quedaba paralizada un segundo entero sin saber si reaccionar o disculparme yo; ahora simplemente reacomodo el pie y sigo mirando alrededor, sin perder ese segundo.

Es curioso cómo un cambio tan chico como el tipo de zapato termina influyendo en cómo una se para. El instructor repite que la confianza empieza en la base: si sientes los pies protegidos y bien anclados, los hombros se relajan solos y la voz, aunque a mí todavía me cueste, sale un poco más firme. Escribí más sobre esto en por qué gritar 'no' fue lo más difícil: mi experiencia en Arequipa, y de verdad todo está más conectado de lo que parece.
Armando mi criterio de cada sábado
Entre las clases del sábado y los ratos que dedico a ver videos en casa, he ido armando mi propio criterio, sin buscar ninguna certificación ni querer ser la próxima experta en artes marciales. Lo que sí noto es que ir cada sábado, aunque algún día no tenga ganas, es lo que de verdad va sumando. A veces, mientras tomo café, repaso el curso de 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros solo para refrescar la parte de conciencia situacional, que me ayuda a no bajar la guardia cuando el cansancio del día me tienta a meterme en el celular y desconectarme de todo.
Hace poco Bertina, una lectora de Cochabamba que me escribe después de cada entrada, me mandó una foto de su vereda de noche sin decir absolutamente nada más, y entendí el mensaje perfecto sin que hiciera falta una sola palabra. A veces esto se trata justamente de eso: reconocer la misma sensación en la vereda de otra, aunque esté a varias horas de bus de la mía.
Escribo esto sentada en mi mesa de la cocina, con el mantel de hule ya gastado en las puntas y la taza de manzanilla enfriándose a medio tomar, como me pasa siempre que me pongo a escribir, mientras desde el piso de arriba se cuela bajito el radio de Suyai, mi vecina, que cocina a estas horas con la música casi en susurro. Para la semana doce, hablando por teléfono con mi mamá de cualquier cosa del trabajo, noté que llevaba varias cuadras caminando sola sin haber mirado ni una vez hacia atrás, y seguí la conversación como si nada, sin contarle que meses antes esa misma esquina de noche me hubiera dejado con el estómago cerrado.
Mi compañera de clase, la despistada que ya les mencioné, todavía me pregunta por qué me tomo tantas molestias con los zapatos, y yo solo me río y le recuerdo el día de la colchoneta. Si hay algo que me llevo de estos meses es que la seguridad no arranca con un movimiento perfecto, sino con algo tan simple como lo que decides ponerte en los pies cada mañana: no te vuelve invencible, pero sí te devuelve la posibilidad real de reaccionar cuando cuenta, y esa es la ganancia más honesta que puedo ofrecerte desde esta libreta de sábados. Si estás empezando en esto, dale una mirada nueva a tu zapatero antes de gastar en cualquier otra cosa.