
El silencio que se instala después de un comentario en la calle
Un solo comentario lanzado al pasar puede quedarse pegado en el cuerpo toda la noche. Vengo llegando de la clase y todavía siento esa pregunta dándome vueltas, la misma que me acompaña cada vez que cruzo el puente Grau de regreso del trabajo y alguien lanza algo desde la oscuridad sin que yo lo haya pedido. Es raro cómo una frase corta puede hacer que la garganta se cierre y las piernas quieran apurar el paso sin que yo se lo ordene. Llevo meses metida en esto de la autodefensa femenina, tratando de entender qué hacer con el acoso callejero que antes simplemente tragaba en silencio, y cada sábado salgo con la sensación de que la seguridad personal no es un truco sino una costumbre que se arma de a poco, casi sin que una se dé cuenta, como parte de una prevención de riesgos que antes ni sabía que estaba practicando.
Antes de anotarme, siendo una principiante completa que no sabía ni cómo pararme bien, pasé semanas viendo videos de técnicas en YouTube sin practicar ni una sola vez, como si con mirar bastara para que el cuerpo aprendiera solo. No sirvió de nada; el susto seguía intacto la primera vez que alguien me habló feo cerca de una esquina. Ahora, cuando el instructor pide que gritemos un "¡no!" que se escuche hasta el fondo del salón, me quedo plantada en la colchoneta mirando a una compañera que se traba con sus propios pies y aun así lo intenta, y mi voz se atora en la garganta como siempre. Es frustrante porque en la calle pasa lo mismo: me quedo calladita, sosteniendo las llaves con fuerza dentro del bolsillo, repitiéndome que ojalá nadie se acerque.

Estar atenta no es lo mismo que estar asustada
En una de las primeras clases entendí que gran parte de esto no tiene que ver con saber pelear, sino con no dejar que me agarren desprevenida, eso que algunas compañeras llaman conciencia situacional y que a mí simplemente se me quedó como "ir despierta por la calle". Aprender a mirar alrededor sin ponerme rígida, sin caminar como si cada sombra fuera una amenaza, fue un ajuste raro al principio porque yo antes iba con la cabeza en los pendientes del trabajo y el celular en la mano, sin ver nada de lo que pasaba a mi alrededor. Con el tiempo entendí que se puede estar alerta sin quemarse los nervios en el intento, que hay una manera de sostener esa atención sin que termine agotándome antes de llegar a la puerta de mi casa.
Cruzando el puente Grau ya me fijé en un par de puntos donde sé que, si algo se siente raro, puedo parar sin que sea extraño detenerme ahí -la panadería que cierra tarde, el puesto de la señora que vende café-; tener claro cómo identificar refugios seguros en la ruta diaria hacia el trabajo me baja las revoluciones antes de que el nudo en el estómago se arme del todo. Al llegar, a veces escucho los golpecitos de mi vecina Suyai en el techo de arriba -uno de esos códigos tontos que tenemos entre vecinas- y paso frente a su puerta, siempre con esas suculentas apretujadas en la entrada, antes de subir el último tramo de escaleras con el cuerpo un poco menos tenso. Todavía no tengo pensada una ruta perfecta para volver cada noche, pero ya salgo del trabajo pensando un poco por dónde quiero cruzar, y esa sola costumbre cambia cómo se siente todo el camino.
Ignorar no apaga el acoso callejero
Durante mucho tiempo pensé que ignorar era la única salida decente, que si no le daba cara al comentario este se iba a desinflar solo. En clase hemos hablado de que el silencio no siempre apaga nada, que a veces el objetivo no es pelear sino simplemente cortar el anonimato del que grita algo y sigue caminando como si nada, y que la prioridad real siempre es poder alejarse, no quedarse a discutir. Hacia la cuarta semana de clases pasó algo que no esperaba: en un ejercicio de pareja alguien me empujó sin querer, perdí el equilibrio un segundo, y en vez de disculparme por estar en medio, simplemente me reacomodé los pies y seguí en mi sitio, sin decir "perdón" como hago siempre hasta por ocupar espacio. Fue una tontería de segundo y medio, pero algo en mí se quedó pensando en eso todo el camino a casa.
Ese mismo reflejo de no pedir perdón por ocupar mi espacio se me quedó pegado en otros lugares, incluso en el trabajo, donde antes cedía la silla o el turno sin pensarlo dos veces; hace poco anoté lo que aprendí sobre poner límites claros en el entorno laboral y me sorprendió lo parecido que se siente a plantarse firme en la colchoneta. Sigo sin tener una respuesta clara para cuando el cuerpo se congela entero -eso que en clase llaman quedarse en blanco- pero ya no me da tanta vergüenza admitir que a veces la voz simplemente no sale, y que está bien empezar por algo tan chico como enderezar la espalda antes de encontrar las palabras.

Aprender a ocupar mi espacio sin pedir disculpas
Camino distinto desde hace un tiempo, no sabría decir exactamente desde cuándo empezó el cambio, pero ya no voy con los hombros pegados a las orejas ni la vista clavada en el suelo cuando cruzo el puente Grau al atardecer. Cargar el cuerpo más derecho, mirar hacia adelante sin ir buscando pelea, parece una tontería chica pero cambia cómo una se siente ocupando la calle; el instructor insiste en que quien busca molestar prefiere a alguien que parezca distraído, no a alguien que va mirando hacia dónde va. Todavía me cuesta lo de alzar la voz entera, pero descubrí cómo proyectar seguridad con la voz para evitar situaciones de riesgo de a poquitos, empezando bajito y subiendo el volumen con las semanas, no de un día para otro.
Bertina, que me escribe desde Cochabamba cada vez que publico algo nuevo, me preguntó hace poco si esto en verdad servía para algo o si solo me hacía sentir mejor escribirlo, y le contesté con una frase que se quedó a medio terminar porque todavía no tengo una respuesta redonda. Lo único que puedo decir con algo de seguridad es que no se trata de aprender a pelear ni de tener una salida perfecta para cada comentario; se trata de dejar de pedir perdón por el espacio que ocupo en la calle, en el trabajo, en la colchoneta los sábados. Si algo me llevo de este tramo del camino es eso: la próxima vez que alguien les grite algo al cruzar su propio puente, prueben quedarse un segundo más erguidas antes de apurar el paso, no por ninguna hazaña, sino porque el cuerpo también aprende a base de repetición.