
Entre la esquina del Mercado de San Camilo y la puerta de mi edificio hay catorce postes de luz, y para ser sincera me sé de memoria cuáles llevan meses fundidos. Empecé a contarlos sin darme cuenta, una noche cualquiera en que el eco de mis propios pasos me pareció más fuerte de lo normal, y desde entonces no he podido dejar de hacerlo. Esa cuenta mental se volvió parte de mi rutina de autodefensa para principiantes mucho antes de que yo supiera que eso tenía nombre.
Fue un poco por impulso y otro poco por puro cansancio que acabé anotándome en una clase de autodefensa para principiantes los sábados por la tarde. Antes de que te imagines algo de películas, con patadas voladoras y toda la cosa, aclaro que soy, sin exagerar, la más torpe del salón. Y ya que estamos siendo honestas: por aquí vas a cruzarte con algún enlace de afiliado, y si en algún momento decides comprar algo a través de ellos, a mí me llega una comisión pequeña sin que a ti te cueste un centavo más. Solo te cuento lo que de verdad he probado, y si algo no lo usé, te lo digo tal cual.
El centro de Arequipa de noche tiene ese silencio particular que antes me ponía los pelos de punta, sobre todo cuando salía tarde de la oficina y tenía que cruzar varias cuadras hasta la parada. Apretaba el paso, bajaba la cabeza, y contaba los postes como quien cuenta ovejas, solo que sin ninguna intención de dormirme.
Cuando el "no" se queda atascado en la garganta
Lo primero que descubrí en esa clase es que mi voz, sencillamente, no responde cuando se lo pido. El instructor —que tiene una paciencia que todavía no sé de dónde saca— me pidió un día que gritara un "no" bien fuerte para que lo escuchara todo el salón. Me quedé muda. Sentí ese nudo seco en la garganta, como si alguien le hubiera puesto pausa a mis cuerdas vocales justo cuando más las necesitaba. Nos han enseñado tanto a ser calladitas que hasta el miedo nos sale en voz baja.
Mi compañera de clase, que logra tropezarse con su propia sombra más seguido que yo, se rió conmigo ese día porque las dos parecíamos mimas tratando de gritar sin sonido. El instructor nos explicó que eso de quedarse en blanco le pasa a casi todo el mundo la primera vez, y que es un proceso lento aprender a qué hacer cuando te quedas en blanco ante una situación de tensión. Lo que más me alivió fue escuchar que no estaba sola en eso.
La otra clase nos tocó golpear una plancha acolchada que sostiene el instructor, y el sonido que sale no es el golpe seco de las películas, sino algo más apagado, como si la espuma se tragara el impacto antes de que llegue a tus oídos. Me sorprendió que calmar la respiración antes del golpe cambiara tanto el resultado, y ahí entendí que la voz, igual que el golpe, también es una herramienta de defensa que hay que entrenar, no algo que sale solo porque el miedo aprieta.
Entre ejercicio y ejercicio, el instructor mencionó algo que no se me fue de la cabeza: que el ojo humano tarda un rato largo en acostumbrarse a la oscuridad, aunque nunca me quedó claro cuánto exactamente. Básicamente, si sales de una oficina con las luces a tope directo a una calle oscura, caminas un buen tramo casi a ciegas sin darte cuenta.

El teléfono como escudo de papel
Aquí viene lo que más me costó aceptar. Durante años caminé con el celular en la mano, de preferencia con la pantalla prendida, como si estar "ocupada" fuera algún tipo de chaleco invisible. Pensaba que si parecía estar hablando con alguien, nadie se metería conmigo. El instructor me sacó de ese error enseguida: caminar así en realidad reduce tu capacidad de reacción y apaga cualquier conciencia de lo que pasa alrededor. Básicamente le estás avisando al mundo entero que no tienes idea de lo que sucede a tu lado.
Sigue siendo un hábito difícil de soltar del todo, sobre todo las noches en que salgo tarde y la ansiedad ya viene conmigo desde la oficina; de vez en cuando me descubro con el teléfono otra vez en la mano sin haberlo decidido. Lo que sí cambié es que ahora trato de guardarlo en el fondo del bolso antes de cruzar la puerta, y prefiero quedarme atenta a los sonidos de la calle. Esa alerta no tiene que sentirse como paranoia constante; se parece más a mantener los oídos abiertos sin vivir con el pulso acelerado todo el camino.
Parece que de noche uno capta mejor lo que se mueve al costado que lo que tiene justo enfrente, aunque no sabría explicarte la ciencia detrás; lo que sí noto es que, apenas guardo la pantalla, mis ojos empiezan a trabajar distinto, como si recién entonces se despertaran del todo. Por eso evitar distracciones con el celular al caminar sola de noche se volvió, sin que lo planeara, uno de los cambios más simples que de verdad me dieron algo de calma.
Antes de la clase ya había intentado arreglar esto sola. Me descargué una aplicación de seguridad personal que prometía mandar mi ubicación a mis contactos con un solo toque, convencida de que ese botón me iba a dar tranquilidad. Para la primera semana ya ni me acordaba de abrirla, y ahí sigue, instalada en el celular, acumulando polvo digital sin que yo le prestara atención.
Buscar una prevención de riesgos que pudiera repasar en casa
A pesar de las clases del sábado, me di cuenta de que necesitaba algo para repasar en casa, sin diez personas mirándome mientras intento no caerme. Una de esas noches, sentada en la mesa de la cocina con la taza de manzanilla ya tibia y a medio terminar, mientras afuera se veía el muro blanco de sillar por la ventana, me puse a buscar algo que hablara de calle y no de deporte.
Hace unas semanas le presté a Suyai, mi vecina del piso de arriba, un cuadernillo con los apuntes que voy tomando de la clase. Me lo devolvió hace poco lleno de anotaciones a lápiz rojo en los márgenes, como hace siempre con todo lo que le paso; dice que así se entiende mejor en una segunda lectura, aunque a veces termino descifrando más su letra que mis propios apuntes.
Así fue como llegué a 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros. Lo que me convenció fue que está pensado para situaciones reales de calle y no para competir en un ring, y que el material es bastante directo para alguien que, como yo, nunca había hecho nada parecido antes. El precio de entrada también se sintió más accesible que muchos cursos presenciales largos, aunque para los detalles y precios exactos siempre conviene mirar la página oficial, porque suelen cambiar.
No te voy a mentir: es un curso en video, y eso significa que no sustituye el sudor de la clase presencial ni la corrección en vivo del instructor. Tampoco tiene todavía muchas reseñas públicas, así que lo revisé con expectativas bastante medidas, y noté que no se mete mucho en los límites legales de usar la fuerza, que de todas formas cambian según el país donde vivas. Pero como complemento para repasar en casa, sin la presión de la clase, me funcionó mejor de lo que esperaba.

Semana cinco: la voz que no se quebró
Ya para la quinta semana de clases pasó algo que no esperaba. El instructor pidió otra vez el mismo ejercicio del "no" a todo pulmón, y esta vez mi voz salió entera, de principio a fin, sin quebrarse a mitad de camino como las primeras veces. No fue un grito perfecto ni mucho menos el más fuerte del salón, pero fue mío completo, y eso bastó para que se me aflojaran los hombros de un modo que no recordaba.
También cambió algo con las llaves. Antes las llevaba apretadas en el bolsillo como si fueran mi plan de emergencia, pero ahora entiendo que si llego al punto de necesitar las llaves como defensa, es porque ya dejé que el riesgo se acercara demasiado. La prevención real pasa antes, no en ese momento desesperado.
Por eso empecé a identificar refugios seguros en la ruta diaria hacia el trabajo: qué tiendas quedan abiertas hasta tarde, qué cuadras tienen mejor luz, aunque eso signifique rodear un poco más. También aprendí a fijarme en esas señales chiquitas que avisan que algo no está bien antes de que pase nada grave, y a elegir el camino pensando en eso desde que salgo de la puerta, no sobre la marcha.
Sigo sin ser ninguna experta en combate, ni cerca, y sigo siendo la que más se ríe cuando nos enredamos los brazos en los ejercicios de pareja. Pero camino distinto. Ya no voy encogida ni con la mirada clavada en el suelo; camino como alguien que sabe hacia dónde va, aunque por dentro siga siendo la misma principiante de siempre.
Por dónde empezar con tu propia seguridad urbana
Si te identificas con ese silencio incómodo de caminar de noche, te diría que empieces por lo más simple: guarda el celular, confía en lo que capta el rabillo del ojo y, si puedes, busca algo que te hable en términos de calle y no solo de deporte de contacto. El material de Secretos Callejeros fue mi punto de entrada porque es directo y no promete milagros, pero los detalles y el precio conviene revisarlos siempre en la página oficial, que suele cambiar según la temporada.
Bertina, una lectora de Cochabamba que me escribe después de cada entrada que publico, me preguntó esta semana si el miedo se va del todo con el tiempo. Y la verdad es que no, no se borra entero; lo que cambia es que deja de ser lo que decide por dónde camino, a qué hora salgo o qué calle cruzo. Ese es, creo, el único consejo que de verdad me sirvió repetirme: el miedo puede venir conmigo, pero ya no maneja él.
Al final se trata de recuperar algo de bienestar en algo tan simple como volver a casa caminando, sin que cada sombra en la calle parezca una amenaza. Sigo practicando mi "no" frente al espejo antes de dormir; todavía no sale tan fuerte como quisiera, pero cada semana tiene un poco más de cuerpo.
Nos vemos el próximo sábado en el salón, si es que no me tropiezo antes con mis propios pies.