
La combi frenó de golpe, el cobrador gritó algo ininteligible y bajé apurada bajo una llovizna helada. Tardé diez segundos en darme cuenta de que esa esquina no era mi paradero habitual. No había tiendas abiertas ni gente esperando el transporte: solo veredas vacías, pistas oscuras y una sensación inmediata de vacío en el estómago.
En ese instante, todo lo que crees saber sobre estar tranquila se evapora. Da igual si llevas meses repasando mentalmente qué harías ante un imprevisto; la primera reacción de tu cuerpo no es analizar el entorno con frialdad de película, sino encogerse. En mi caso, sentí un calor súbito subiendo por el cuello y los dedos engarrotados apretando la tira de la cartera al notar esquinas sin nombres legibles. Te quedas congelada mirando hacia ambos lados, intentando adivinar si esa hilera de casas lleva a una avenida principal o si te estás metiendo más hondo en una zona residencial sin salida.
El reflejo automático de sacar el celular y quedarse parada

Lo primero que hace casi todo el mundo cuando no reconoce la calle es detenerse en seco, sacar el teléfono con torpeza y clavar los ojos en la pantalla buscando el mapa. Yo misma lo hice durante años cada vez que me desorientaba. Pero unas tres semanas después de empezar las clases de los sábados en el taller comunitario, nuestro instructor nos puso en una situación parecida en la colchoneta y nos hizo ver lo evidente: una persona inmóvil bajo un poste, con la cara iluminada por una pantalla azul y la mirada fija hacia abajo, es el retrato perfecto de la vulnerabilidad.
No se trata de que mirar el mapa esté prohibido por ley divina, sino del mensaje corporal que emites en la vía pública. Si te detienes en mitad de la vereda con cara de desconcierto absoluto, estás anunciando a cincuenta metros de distancia que no sabes dónde estás ni quién está a tu alrededor. En las prácticas del salón, cuando me piden reaccionar rápido, suelo ser de las que se enredan con sus propios pies —de hecho, tengo una compañera que siempre se ríe conmigo porque las dos parecemos patos mareados cuando el profesor nos pide cambiar de guardia de improviso—. Pero si algo se me quedó grabado a fuego en esas mañanas de sábado, es que en la calle el cuerpo habla antes que la voz. Cuando te bloqueas por completo, entras en lo que en el taller llaman quedarse pasmada; si te ha pasado alguna vez, ya sabes qué hacer cuando te quedas en blanco ante una situación de tensión para no regalarle tu atención entera al pánico.
Quedarse parada en la esquina buscando cobertura no soluciona el extravío; solo te fija al suelo como un blanco estático. En lugar de sacar el teléfono en la oscuridad, el primer paso real para calmarte consiste en seguir moviéndote a un ritmo constante mientras organizas tus pensamientos.
Mirar hacia arriba: por qué intentar ser invisible juega en tu contra

Durante mucho tiempo creí que la mejor defensa para una mujer sola caminando por un lugar poco familiar era volverse invisible. Bajar la cabeza, esconder el mentón en la bufanda, evitar cruzar miradas con cualquiera y caminar rapidísimo fingiendo que no existes. Suena intuitivo, casi como un instinto de supervivencia infantil: si yo no los miro, ellos no me ven. Sin embargo, en el curso aprendí que esa actitud suele provocar exactamente lo contrario de lo que buscas.
En lugar de evitar el contacto visual para parecer invisible, mantén una mirada activa y consciente hacia los locales: la invisibilidad te hace parecer una presa fácil y desorientada. Cuando miras al piso, le estás diciendo a cualquiera que pase cerca que no estás prestando atención a lo que ocurre a tu alrededor, que no podrás reconocer una cara ni anticipar un movimiento extraño. En cambio, cuando levantas la vista y recorres el entorno con calma, fijándote en qué puertas tienen rejas abiertas, qué bodegas siguen atendiendo o qué vecinos están en la puerta de su cochera, proyectas una imagen completamente distinta. No es una mirada desafiante ni agresiva —yo mido poco más de metro sesenta y no asusto a nadie—; es simplemente la postura de alguien que está presente y alerta.
Hace un par de meses, en una de las sesiones teóricas que a veces nos da el profe mientras tomamos aire sentadas en el suelo, mencionó el modelo del coronel Jeff Cooper sobre la consciencia situacional. Explicaba que existen 4 niveles de alerta en el código de colores de Cooper: el blanco, que es cuando vas totalmente distraída pensando en tus correos del trabajo o con audífonos; el amarillo, que es una alerta relajada y atenta al entorno; el naranja, cuando detectas algo específico que no cuadra; y el rojo, que es la acción directa. La meta cuando te pierdes no es saltar desesperada al rojo ni quedarte dormida en el blanco, sino colocarte firmemente en el estado amarillo: cabeza erguida, hombros relajados, respiración profunda y los ojos buscando activamente señales del entorno.
El refugio provisional: comprar dos minutos de aire

Volviendo a aquella noche fría a mediados de invierno, cuando me vi sola en esa calle que no conocía con la pista resbalosa por la garúa, apliqué lo único que mi cabeza logró rescatar del entrenamiento. En vez de quedarme quieta o empezar a trotar sin rumbo, busqué una referencia de luz comercial. A cuadra y media vi un resplandor verde pálido: una botica de barrio pequeña, de esas que tienen reja metálica en el mostrador pero mantienen la puerta abierta.
El zumbido del letrero fluorescente de una botica solitaria reflejado en el asfalto mojado mientras respiraba hondo antes de cruzar la puerta fue el sonido más tranquilizador de toda la noche. Entré con paso decidido, saludé a la señora que atendía detrás de la reja y le pedí unas pastillas para la garganta con sabor a menta. No las necesitaba en absoluto, pero necesitaba un espacio iluminado, techado y con otra persona presente para poder bajar las pulsaciones.
Ese truco de buscar un comercio abierto te compra algo invaluable: tiempo. Dentro de un local iluminado puedes:
- Bajar el ritmo cardíaco inhalando por la nariz y soltando el aire despacio por la boca.
- Sacar el teléfono con tranquilidad, apoyada contra una pared interior y sin el riesgo de que alguien te lo arrebate de las manos mientras caminas.
- Comprobar tu ubicación exacta en la aplicación de mapas o enviarle tu ubicación en tiempo real a alguien de confianza.
- Preguntar con amabilidad a quien atiende cuál es la avenida principal más cercana o si pasan taxis seguros por esa zona.
La gente de los barrios suele conocer al milímetro qué cuadras son tranquilas y cuáles conviene esquivar de noche. Preguntar por una avenida transitada desde el interior de una tienda no te expone como vulnerable; te sitúa como una clienta normal que simplemente necesita ubicarse.
Recuperar la ruta sin delatar la desorientación
Una vez que supe que la avenida quedaba a solo tres cuadras hacia la derecha, guardé el teléfono en el bolsillo interior de la casaca antes de pisar de nuevo la vereda. Salí con el rumbo claro en la cabeza, sin necesidad de consultar la pantalla en cada esquina. Cuando sabes hacia dónde vas, tus pasos suenan distintos. No necesitas correr —de hecho, apurar el trote llama la atención y aumenta el riesgo de tropezar si llevas zapatos de oficina o si la vereda está desnivelada—; basta con mantener una cadencia firme, los brazos libres y la mirada en los puntos de cruce.
A lo largo de los últimos seis o siete meses, desde el final del verano hasta mediados de esta primavera que recién empieza a sentirse, he descubierto que la seguridad personal rara vez tiene que ver con saber propinar un golpe perfecto. Al inicio yo pensaba que las clases me iban a enseñar movimientos espectaculares, pero la realidad ha sido mucho más modesta y útil. Se trata de cómo te paras, de cómo miras y de qué decisiones tomas mucho antes de que ocurra cualquier problema, tal como fui aprendiendo durante mi transición de las clases de los sábados a la defensa personal real en Arequipa.
Si alguna vez la ruta te juega una mala pasada y sientes que el barrio se vuelve hostil o la iluminación decae demasiado, recuerda que existen recursos básicos para prevenir sorpresas desagradables; de hecho, hace poco comentaba algunas pautas sobre cómo mejorar la prevención de riesgos al caminar por zonas poco iluminadas que aplican punto por punto a estas situaciones.
Quiero ser muy transparente con esto: no soy experta en seguridad urbana, ni policía, ni cinturón negro de nada. Solo soy una chica que trabaja en una oficina, que durante años tuvo miedo de volver tarde a su casa y que decidió aprender a no paralizarse. Si alguna vez sientes que la situación se sale de control, que alguien te sigue o que estás en peligro inminente, no te detengas a improvisar maniobras raras ni intentes encarar a nadie: entra al primer lugar con gente que encuentres y llama de inmediato a las autoridades. En Perú, la Central de Emergencias de la Policía Nacional se contacta marcando el 105 desde cualquier teléfono móvil o fijo sin costo alguno. Tu integridad siempre está primero, y pedir auxilio profesional es la decisión más sensata que puedes tomar.
Perderse en una ciudad grande le ocurre a cualquiera un día u otro. La diferencia entre pasar un mal rato que se queda en una anécdota y meterte en un problema serio no es la suerte: es tu capacidad para respirar hondo, levantar la mirada y buscar un punto seguro antes de dar el siguiente paso.