Defensa desde Cero

Estrategias para evitar el marcaje y seguimiento en centros comerciales

Estrategias para evitar el marcaje y seguimiento en centros comerciales

El pitido del cajero automático todavía me zumbaba en los oídos cuando terminé de guardar la tarjeta en el fondo del bolso. Era un sábado por la tarde a finales de junio, en un centro comercial abarrotado de Arequipa, y apenas di media vuelta noté una casaca oscura ajustando su paso al mío.

La trampa de las luces brillantes y la multitud

Manos de una mujer sosteniendo su bolso con firmeza cerca de un cajero

Durante años asumí que el peligro solo vivía en callejones oscuros a medianoche. Para alguien como yo, que trabaja ocho horas frente a una hoja de cálculo en una oficina y regresa a casa con ganas de no pensar en nada, los centros comerciales siempre tuvieron un aire de burbuja protegida. Hay música ambiental flotando entre los pasillos, familias comiendo helados, guardias con chalecos fluorescentes cada cincuenta metros y una iluminación tan blanca que parece imposible que alguien intente algo turbio. Pero esa tarde en particular entendí lo fácil que es confundir el bullicio con seguridad real.

Llevaba apenas unas cuatro semanas de clases en el taller de autodefensa básica de los sábados. Para ser totalmente sincera, todavía me sentía torpísima. Mi compañera de práctica habitual, que se enreda con sus propios cordones casi tanto como yo, suele reírse conmigo de lo ridículas que nos vemos intentando mantener una postura firme cuando el profesor nos pide soltar un grito seco. Casi siempre me gana la risa o la timidez. Sin embargo, algo que el instructor repitió hasta el cansancio se me quedó grabado: los centros comerciales son el escenario perfecto para el marcaje, precisamente porque la gente baja la guardia, saca dinero en efectivo o camina distraída cargando bolsas con logotipos de tiendas costosas.

En el país conocemos bien la palabra: el «marcaje» no es más que esa vigilancia paciente donde alguien te ficha mientras estás frente a la ventanilla o el cajero, calcula cuánto retiraste o qué acabas de comprar, y espera a que salgas a la calle o a un estacionamiento para emboscarte. Esa tarde, mientras bajaba hacia la plaza central, sentí exactamente esa incómoda sospecha. Recordé que en clase mencionamos la conciencia situacional y los 4 niveles de alerta en el código de colores de Cooper: pasé en un segundo del blanco —ese despiste cotidiano en el que andamos casi todos— al amarillo, que no es paranoia, sino simplemente abrir los ojos y registrar quién comparte tu espacio.

La misma garganta seca que se me cierra los sábados cuando el profesor pide gritar 'no', cambiada por un nudo frío en el estómago, me avisó de que algo no cuadraba. En vez de ignorar esa punzada o convencerme de que estaba exagerando por culpa de mis clases de fin de semana, decidí comprobarlo.

Verificar sin delatarse: los trucos del escaparate

Reflejo sutil en el escaparate de una tienda para observar el pasillo detrás

Lo primero que hace casi todo el mundo cuando sospecha que alguien lo sigue es cometer dos errores de película: acelerar el paso mirando el suelo con angustia, o girar el cuello bruscamente de golpe como si buscaran una cámara oculta. Ambas cosas te marcan al instante como una persona asustada y vulnerable.

En el taller, mi instructor siempre nos insiste con paciencia infinita en que el entorno urbano está lleno de herramientas invisibles si aprendes a usarlas sin drama. Las vitrinas de las tiendas son, de lejos, la mejor cámara retrovisora que vas a encontrar. En lugar de voltearme, caminé a un ritmo tranquilo y me acerqué al ventanal de una zapatería, fingiendo un interés absoluto por unos botines de cuero que ni siquiera eran de mi talla.

Fue instantáneo. El reflejo nítido en el cristal oscuro de una zapatería, donde vi una casaca azul frenar justo a tres pasos de mi hombro, me confirmó que no estaba imaginando cosas. El hombre no miraba los zapatos; miraba mi bolso cruzado, y en cuanto me detuve, fingió buscar algo en sus bolsillos con una lentitud demasiado ensayada.

Para no sacar conclusiones apresuradas —porque a veces la gente simplemente camina en la misma dirección— decidí aplicar una pequeña regla de descarte que nos enseñaron para qué hacer cuando te quedas en blanco ante una situación de tensión: hacer dos quiebres de trayectoria que no tengan sentido lógico para un comprador común. Si una persona te sigue por una recta, puede ser casualidad; si dobla dos veces detrás de ti hacia pasillos secundarios sin tiendas ancla, la coincidencia se reduce a cero.

La postura corporal y el mito de pasar desapercibida

Mano interactuando con una pantalla de información manteniendo una postura atenta

Aquí es donde entra una lección que me costó asimilar y que contradice lo que casi todas pensamos por instinto. Muchas veces creemos que la mejor defensa es hacernos invisibles: encoger los hombros, agachar la cabeza, esconder las manos en los bolsillos y caminar pegaditas a las paredes rogando que nadie nos mire. Olvídate de camuflarte: intentar pasar desapercibido atrae más sospechas de los equipos de seguridad que mantener un contacto visual breve y una postura corporal confiada y abierta.

Si caminas encorvada y con la mirada perdida, los vigilantes privados del centro comercial pensarán que estás nerviosa por algún motivo indebido, mientras que el delincuente que te está marcando te verá exactamente como lo que busca: una persona intimidada que difícilmente podrá reaccionar o dar una descripción clara después. En cambio, cuando despliegas los hombros, respiras hondo y plantas los pies con intención, el mensaje cambia por completo.

Me paré deliberadamente frente a una pantalla interactiva del directorio del centro comercial. Era un punto iluminado, en medio del corredor principal. El sujeto dudó, frenó en seco y sacó su celular fingiendo escribir un mensaje de texto. En ese momento levanté la vista de la pantalla, lo miré directo al rostro durante apenas un segundo y medio —sin gesto de desafío, sin furia infantil, simplemente una mirada neutra y firme de «te he visto y sé que estás ahí»— y volví a mirar el mapa.

Ese contacto visual breve tiene un poder enorme para quien busca presas fáciles. El delincuente común cuenta con el factor sorpresa; necesita que no te enteres de que estás siendo observada hasta que ya estés en el carro, en la parada del bus o en una esquina solitaria. Cuando le demuestras que su anonimato se rompió, su cálculo de riesgo se desmorona.

Desactivar el seguimiento sin buscar pelea

Mujer esperando con tranquilidad dentro de un establecimiento concurrido y seguro

No tengo ninguna intención de aprender llaves articulares espectaculares ni de derribar a nadie en un pasillo de centro comercial. A mis treinta y tantos, con una rutina de escritorio y cero bagaje marcial, sé perfectamente que la mejor autodefensa es la que te permite llegar a tu casa a tomarte un té caliente sin un rasguño. Por eso, desactivar el marcaje significa apoyarse en la estructura del lugar, no en tus puños.

Una vez confirmada la sospecha frente al tótem del directorio, tomé tres decisiones prácticas que cualquier persona puede aplicar sin sudar frío:

  1. Entrar en un local de alto flujo y con personal en la puerta: Entré directamente a una tienda por departamentos grande y me acerqué a la zona de cajas o perfumería, donde siempre hay personal atendiendo y cámaras visibles en el techo.
  2. Avisar a seguridad interna: Me dirigí con total calma al módulo de atención al cliente y al vigilante de la entrada. Le describí de forma sencilla al sujeto de casaca azul que llevaba diez minutos siguiéndome el paso desde el cajero del sótano. No necesitas hacer un escándalo; los guardias de centros comerciales están entrenados para observar a los merodeadores.
  3. Modificar la salida: Jamás salgas sola caminando directamente a la calle o a un estacionamiento desolado si acabas de detectar un seguimiento. En mi caso, esperé dentro de la tienda, llamé a un taxi por aplicativo confiable para que me recogiera dentro del área designada del centro comercial y avisé a mi familia de mi ruta.

Hacer una pausa larga dentro de un establecimiento seguro rompe el patrón del seguidor. Ellos tienen tiempos limitados; si ven que te quedaste media hora conversando con una vendedora o cerca de un módulo con personal, terminan marchándose a buscar un blanco más desprevenido. Y si la situación escalara fuera del recinto, tener presente el 105, el número de la Central de Emergencias de la Policía Nacional del Perú, siempre debe ser el primer recurso antes de cualquier otra idea heroica.

Pequeños hábitos que cambian la rutina

A mediados de septiembre, una noche entre semana después del trabajo, volví a pasar por una situación similar en otra zona comercial. No había dinero en efectivo de por medio, pero sí esa sensación pegajosa de alguien midiendo mis pasos mientras cargaba una bolsa pesada con unos zapatos nuevos. Esa segunda vez no sentí el mismo pánico helado en el estómago; apliqué los mismos dos cambios de pasillo, busqué el reflejo de una cafetería y me metí a pedir un café cerca del mostrador principal hasta que el sujeto se aburrió y siguió de largo.

A veces mis compañeras de oficina se ríen un poco cuando me ven acomodar el bolso cruzado antes de salir, o cuando evito sacar el teléfono en los descansos de las escaleras mecánicas. Les parece que exagero, pero la tranquilidad no tiene precio. De hecho, hace un tiempo estuve revisando algunas pautas sobre cómo mejorar la prevención de riesgos al caminar por zonas poco iluminadas, y me di cuenta de que las reglas son básicamente las mismas: cabeza arriba, ritmo constante y confiar en lo que te dice el cuerpo cuando algo se siente fuera de lugar.

Obviamente yo no soy instructora policial ni experta en tácticas urbanas; soy solo una chica común que se cansó de caminar con miedo y que aprovecha sus mañanas de sábado para ganar un poquito más de confianza frente al espejo del salón comunal. Si alguna vez sientes que una situación se sale de control o que estás en peligro inminente, recurre de inmediato a las autoridades o al personal de seguridad más cercano; no te quedes con la duda por vergüenza a equivocarte.

La próxima vez que vayas a retirar plata o a dar una vuelta por las tiendas, recuerda que tu mejor escudo no es la fuerza física, sino quitarte los audífonos, mirar alrededor con calma y caminar sabiendo que tu espacio te pertenece.

Artículos relacionados