Defensa desde Cero

Por qué aprender autodefensa personal mejora la confianza al caminar sola

Mujer caminando sola de noche por una calle iluminada, practicando autodefensa femenina para ganar confianza al caminar sola

Muchas veces me pregunto por qué una clase de defensa personal cambia la forma de caminar antes incluso de enseñarte a lanzar un golpe. Yo me hago esa pregunta seguido, sentada en la mesa de la cocina con la taza de manzanilla a medio tomar, tratando de poner en palabras lo que noto distinto en el cuerpo después de cada clase de los sábados. Todavía no tengo una respuesta cerrada, pero sí varias pistas, y quiero contarte las que más me han servido para sentir seguridad personal real caminando sola, no solo la sensación de estar más entrenada.

Antes de seguir, una aclaración rápida: algunos de los enlaces que vas a encontrar en este texto son de afiliado. Si te animas a probar algo a través de ellos, a mí me llega una comisión pequeña y a ti el precio no te cambia en nada. Todo lo que menciono lo he probado en mis propias clases de autodefensa femenina, siempre pensando en el bienestar emocional de quien, como yo, solo quiere ganar confianza al caminar sola por su ciudad.

No soy cinturón negro de nada ni pretendo serlo. Llevo cerca de un año yendo a clases los sábados y sigo siendo la más despistada del grupo; hay un compañero que confunde el pie de apoyo con el pie que retrocede más seguido que yo, lo cual, debo admitir, me hace sentir un poco mejor cuando el instructor suspira con esa paciencia que ya quisiera yo tener los lunes en la oficina. Ese mismo miedo a parecer ridícula fue lo que me hizo buscar Cómo empezar a entrenar autodefensa si nunca has hecho artes marciales antes de animarme a dar el paso.

Lo que la autodefensa femenina cambia en cómo camino sola

Lo que noto, clase tras clase, es que el cambio no llega por lo físico. Llega por una serie de ajustes chicos que se acumulan: cómo entro a un espacio, dónde pongo la mirada, qué hago con las manos cuando estoy nerviosa. Ninguno de esos ajustes es dramático por separado, pero juntos hacen que el cuerpo deje de anunciar que está asustado, y ese anuncio, según nos repite el instructor, es justo lo primero que un agresor nota antes de acercarse. La autodefensa, al menos la que yo estoy aprendiendo, no empieza en el golpe: empieza en dejar de parecer un blanco fácil.

Cuando quería reforzar esto los días sin clase presencial, recurrí también a 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros, un curso en video pensado para situaciones de calle reales y no para competencia deportiva, con material bastante directo para alguien sin experiencia previa como yo. Eso sí, como cualquier curso grabado, no reemplaza tener a un instructor delante corrigiéndote la postura en el momento.

Manos de mujer anotando apuntes de seguridad personal sobre una colchoneta, parte de su rutina de bienestar emocional

¿Por qué el cuerpo avisa antes que la boca?

El lenguaje corporal es otro tema que ya profundicé en la importancia del lenguaje corporal para evitar ser un blanco, así que aquí me quedo con la versión corta: cómo te paras cambia cómo te miran antes de que digas una sola palabra. Practicarlo frente al espejo de la sala es una cosa; sostenerlo cruzando el Parque Selva Alegre sola, de noche, con el frío calando los huesos, es otra completamente distinta.

La primera vez que lo intenté ahí sentí ese sabor metálico subiendo por la garganta, como cuando el pulso se dispara de golpe sin avisar, y aun así seguí caminando con los hombros donde estaban en vez de encogerme como hacía antes. No hubo un instante en que el miedo se apagara del todo. Solo seguí caminando con él, que resultó ser suficiente.

Aprender a leer la calle sin vivir en alerta constante

Notar el entorno sin vivir pegada al miedo es, en una frase, la conciencia situacional, un concepto que desarrollo con más calma en mejorar la conciencia situacional al caminar a casa después de trabajar. La calma del sistema nervioso, otro tema que ya cubrí en otro lado, va de la mano con eso.

Hay un momento muy concreto que me viene a la mente: una tarde cualquiera, cruzando una vereda del centro llena de gente, un grupo de hombres se quedó mirando fijo, y en vez de agachar la cabeza como hacía siempre, sostuve la mirada al frente, sin desviar los ojos, y seguí de largo. No fue valentía. Fue costumbre, una que antes no tenía.

Antes de las clases probé otra ruta que no funcionó: me descargué una aplicación de seguridad personal pensada para emergencias y, pasada la primera semana, se me olvidó por completo abrirla. Quedó ahí, un ícono más entre tantos, hasta que alguien me preguntó si la usaba y ni me acordaba de tenerla instalada. Lo que me faltaba no era una herramienta más en el celular; era algo que se quedara en el cuerpo, no en la pantalla.

Pies de mujer con zapatillas deportivas en postura firme, ejercicio de autodefensa femenina para caminar con más confianza

La voz también protege

La voz es otro tema que dejo para el texto donde lo cuento completo; solo digo que a mí me costó que el '¡no!' me saliera con fuerza real, no como una disculpa a medio salir, y que ese ejercicio, aunque parezca chico, cambia algo por dentro.

Mi vecina de arriba, Suyai, se enteró de esto porque bajó un día a devolverme un libro que le había prestado, como siempre, lleno de anotaciones a lápiz rojo en los márgenes, y terminamos media hora paradas en la puerta hablando de lo raro que es tener que practicar para hablar fuerte cuando toda la vida te enseñaron a hablar bajito. Ella no va a ninguna clase parecida, pero me hizo la pregunta que más vueltas me da: si de verdad hace falta aprender esto o si debería bastar con que el mundo fuera distinto.

¿Se le va el miedo a una en algún momento?

Hay una lectora, Bertina, que me escribe desde Cochabamba después de casi cada entrada nueva, y su pregunta es siempre la misma: si el miedo se va del todo con el tiempo. La respuesta corta, al menos para mí, es que no. Lo que cambia es la rapidez con la que dejo de quedarme congelada, ese bloqueo mental que explico mejor en otro lado y que aquí solo nombro de paso, y la claridad con la que decido si conviene alejarme antes de que la situación llegue a algo físico, algo que también desarrollo en otro texto del blog.

También fui aprendiendo, de a poco, a poner límites físicos sin sentir que estoy exagerando, otro tema que dejo para su propio espacio. Todo esto lo fui juntando también gracias a Lo que aprendí en secretos callejeros para evitar asaltos en la ciudad, que me ayudó a poner en palabras varias cosas que hasta entonces solo sentía sin entender del todo. Esa combinación, no cualquier golpe que probablemente nunca voy a lanzar bien, es lo que de verdad me hace sentir distinta caminando de noche.

Si andas dudando por lo mismo que yo dudaba, que ya es tarde, que no hay tiempo para clases presenciales, que da vergüenza empezar de cero, dale una mirada a 21 Secretos para Vencer a Agresores Callejeros como punto de partida desde el sofá. Tiene una valoración de 4.5 entre quienes ya lo probaron, aunque conviene leerlo con expectativas medidas porque todavía son pocas las reseñas públicas. Ninguno de estos recursos te va a convertir en luchadora, y no es eso lo que busco contarte. Busco que la próxima vez que cruces el Parque Selva Alegre de noche, camines con tus propios pasos, no con los de alguien que tiene miedo.

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