Defensa desde Cero

Medidas de seguridad para mujeres que caminan por el centro de Arequipa

Mujer caminando con paso firme por la avenida Ejército en Arequipa, medidas de seguridad y autodefensa femenina para principiantes

No es raro caminar con los hombros tan tensos que sientes que te van a llegar hasta las orejas, solo por cruzar una avenida ancha y sola. A mí me pasa seguido en la avenida Ejército, esa vía llena de autos que parte el centro de Arequipa en dos. Ahí aprieto la cartera, bajo la mirada y camino como pidiendo permiso para ocupar la vereda. En mi clase de autodefensa femenina, entre risas, le decimos "modo invisible", y resulta que buena parte de las medidas de seguridad que de verdad sirven, para mujeres principiantes como yo, consisten justamente en desarmar esa costumbre.

Cerca de ahí queda el Centro Histórico de Arequipa, Patrimonio de la Humanidad desde el año 2000, con sus balcones de sillar tan fotografiados, pero la fachada bonita no te quita el nudo en el pecho cuando caminas sola. Voy a clases de autodefensa los sábados, sin ninguna intención de sacar cinturón ni de enseñarle a nadie, solo porque me cansé de sentirme un blanco fácil. Antes había probado un curso de yoga para bajar el estrés, y en el tapete conseguía relajar hasta la respiración, pero apenas salía a la calle los hombros se me subían solos otra vez, como si el cuerpo no se hubiera enterado de nada.

¿Estar siempre en alerta total es la mejor prevención?

Circula bastante la idea de que la única forma de estar segura es caminar como radar: mirar cada esquina, cada carro, cada persona, todo el tiempo, sin bajar la guardia ni un segundo. Entiendo de dónde viene ese consejo, pero en la práctica a mí me pasaba lo contrario: cuanto más intentaba vigilarlo todo, más ansiosa me ponía, y esa ansiedad se me notaba en el cuerpo antes que en la cara, algo de lo que ya escribí en otra nota sobre el lenguaje corporal. Cuando el miedo aprieta de golpe, además, el cuerpo se puede quedar congelado un instante antes de que la cabeza decida qué hacer, y eso no tiene nada de raro ni de fallo personal.

Primer plano de manos escribiendo en un cuaderno de autodefensa femenina durante un descanso de clase, notas de prevención urbana para mujeres principiantes

Lo que sí me ha funcionado, más que cualquier escaneo nervioso de la cuadra entera, es bajar el ritmo de la respiración un par de segundos antes de cruzar y soltar los hombros a propósito, algo que se parece bastante a eso que llaman calmar el sistema nervioso antes de reaccionar. No hace falta ver absolutamente todo para estar prevenida; alcanza con notar lo que de verdad cambia alrededor tuyo, un auto que frena distinto, un grupo que se queda mirando de más. Esa es, para mí, la prevención urbana real: no vivir en alerta máxima las veinticuatro horas, sino saber en qué momentos sí prestar atención.

El paso firme por la avenida Ejército

Tengo una vecina que practica zumba en el parque los martes, siempre rodeada de un grupo, y a veces la envidio un poco porque yo casi nunca camino acompañada de vuelta a casa. Por eso, en la avenida Ejército, dejé de caminar en silencio total, porque ahí mi cabeza empieza a inventar peligros en cada esquina y termino con un paso errático que se nota a metros. Ahora camino con música de ritmo marcado, nada de baladas tristes, a un volumen que me deja un oído libre para el entorno, y el paso se me vuelve firme, como si fuera a un sitio importante y nadie me fuera a detener.

Esa diferencia intimida más a un posible molestoso que ir con cara de susto mirando para todos lados, algo que tiene que ver con guardar cierta distancia de seguridad sin parecer que estás huyendo de todo el mundo. Sigo sin ser ninguna experta en el tema, ni tengo formación policial ni nada por el estilo, así que si el miedo te paraliza el día a día, lo mejor sigue siendo hablar con un profesional y no quedarte solo con lo que cuento yo aquí.

La voz también se entrena

Nada me ha costado tanto en las clases como el famoso grito. El instructor nos pone en fila y pide un "¡no!" que se escuche hasta la calle, y a mí la voz me sale como un maullido asustado, atorada en la garganta. Ya conté en otra nota que gritar 'no' fue lo más difícil de todo este proceso, más que cualquier movimiento, y sigue siéndolo: no es algo que se resuelva de una clase para la otra, y tampoco pasa nada si toma su tiempo.

Después de la práctica, cuando cuelgo la ropa deportiva, se queda un olorcillo a goma caliente pegado en la tela que no se va ni con dos lavadas, y de alguna forma ese olor ya se me hizo parte del ritual. La voz cuenta como defensa tanto como cualquier otra cosa que se enseña en el salón, quizás más, porque casi siempre la meta no es pelear sino que la otra persona se detenga o que alguien alrededor voltee a mirar. Prefiero mil veces cruzar la pista o alejarme antes que quedarme a probar si mi grito funciona de verdad.

Mano de mujer ajustando un auricular mientras sostiene un mapa del centro de Arequipa, estrategia de seguridad urbana para principiantes

Cuándo cruzar de vereda y cuándo seguir de frente

Otro mito común es que hay que memorizar reglas fijas para cada cuadra, cuando en realidad se trata de leer la situación según el momento: la hora, cuánta gente hay, qué tan iluminada está la vereda. Una tarde cualquiera, esperando en la parada del bus sobre la avenida Ejército, alguien se paró demasiado cerca de mí, y sin pensarlo di un paso al costado que abrió espacio otra vez, sin voltear a disculparme por ocupar mi propio sitio. Fue una reacción pequeña, casi tonta, pero me quedó grabada porque no la pensé, simplemente salió.

Fijarme solo en lo que de verdad importa me sirve más que intentar vigilar cada rincón: por dónde reducir la vulnerabilidad urbana tiene más que ver con elegir bien la ruta y saber a qué tienda entrarías si hiciera falta, que con memorizar movimientos imposibles. Cruzo de vereda cuando un grupo no me da buena espina en una cuadra sola; sigo de frente cuando el lugar está iluminado y hay gente cerca. No es intuición mágica, es más bien costumbre, la misma que se entrena yendo a clase con cierta constancia, aunque sea los sábados nomás.

Si alguien te dice que la única manera de estar segura es caminar con los ojos como cámara de vigilancia, no le creas del todo: lo que de verdad cambia las cosas es un paso decidido, los hombros sueltos y un plan simple de a dónde ir si algo se siente raro. Sigo yendo a mis clases de los sábados, sigo sin poder gritar tan fuerte como quisiera, y aun así camino distinto por la avenida Ejército que antes, no porque el miedo se haya ido del todo, sino porque ahora sé qué hacer con él mientras sigo caminando.

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